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JESÚS "EL MAESTRO"

en la espiritualidad según el P. Alberione

Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Guido Gandolfo ssp

 

2. tarea indispensable:
asumir la
forma del Maestro

La consiguiente obligación para todo Paulino

Antes de entrar en el análisis del itinerario de conformación, parece conveniente que nos detengamos en algunos interrogantes que pueden surgir precisamente en torno al proyecto del Padre: orientarnos hacia "el cielo" y progresar en el seguimiento del Maestro hasta la conformación. ¿Cómo entenderlo? ¿Con cuánta seriedad asumirlo? ¿Se trata de algo sólo útil, pero no necesario? ¿Es una propuesta facultativa? ¿Un lujo reservado a pocos? ¿Un bonito sueño, quizás?

La respuesta del P. Alberione no admite perplejidades o dudas:

Necesidad.— La orientación de la vida hacia el cielo es necesaria para el que ha perdido el camino, para quien no lo recorre todavía bien, y también para el que camina expeditamente y para quien debe elegir estado. Las desviaciones son fáciles dado el bullicio del mundo, de las pasiones y del demonio. La formación es precisa a fin de que vivamos de Jesucristo: donec formetur Christus in vobis, y con más razón cuando se debe ser forma de los demás (1Pe 5,3): "haciéndoos modelo del rebaño" [DF 12].

Por tanto, se trata de una orientación necesaria:

Las razones de la necesidad de tal orientación —es decir, clara toma de conciencia y consiguiente opción vital— son dos: es camino indispensable para tender decididamente a "vivir de Jesucristo", asumiendo vitalmente la "forma" del Maestro, hasta que Cristo mismo se forme en nosotros; es condición indispensable "cuando se debe ser forma para los demás", según la citada expresión de san Pedro (1Pe 5,3).

Pero una motivación más alta aún de la seriedad de compromiso que hace falta emplear aquí procede de la impresionante altura del objetivo que tenemos delante. El P. Alberione lo subraya fuertemente ya en los números introductorios:

La acción santificadora del alma estriba en nuestra transformación en Dios ut homo fieret Deus [para que el hombre se transformase en Dios] a través del alimento Jesucristo: nutriéndonos todos los días de Jesucristo, camino, verdad y vida. Este es el alimento dado por Dios al hombre: es preciso comerlo y asimilarlo. Dios ha preparado la mesa: compelle intrare [oblígales a entrar].

Por una parte, pues, gracia: Eucaristía, Evangelio (misa, comunión, visita); por la otra: cooperación, meditación, examen de conciencia, confesión, dirección espiritual. "No yo sino la gracia de Dios conmigo". "Somos, pues, cooperadores de Dios".

El examen, la comunión y la visita inspiradas en tres fines, "Revístate el Señor del hombre nuevo ": Yo soy el camino, la verdad y la vida.

La meditación con los ejercicios de la inteligencia, voluntad y corazón.

El ejercicio de la mortificación para hacer la voluntad indiferente a las cosas creadas: salud o enfermedad, alabanza o humillación, riqueza o pobreza, etc. "Cristo no buscó su propia satisfacción". Mortificación de la inteligencia, de la memoria, de la voluntad, de la fantasía, del corazón, de los sentidos externos. Esto minuciosamente; a fin de que estos santos excesos y la repetición frecuente causan antes la costumbre y la muerte del hombre viejo: "Despójete el Señor del hombre viejo".

Así, con la mortificación se obtendrá el camino-Jesucristo, con el Evangelio y la meditación se vivirá la verdad-Jesucristo, con la comunión, visita y misa se tendrá la vida-Jesucristo: "donec formetur Christus in vobis" [DF 7-9].

Estamos llamados nada menos que a la "nuestra transformación en Dios": lo que requiere "comida" y "asimilación" asiduas del "alimento que es Jesucristo", con todos los medios (volveremos luego sobre ellos) para nutrir y hacer crecer en nosotros la vida espiritual.

Para esta tarea hace falta un duro aprendizaje. Una verdadera escuela. Que no puede ser otra que la que el Maestro abrió, primero en Belén y prosiguió después durante "treinta años de vida privada" en Nazaret.

La Escuela de Nazaret.— "Donec formetur Christus in vobis" (Gál 4,19). La formación debe modelarse sobre el Divino Maestro: treinta años de vida privada. Requiere por tanto:

  1. Huida: retiro del mundo, que es escuela opuesta a la del Divino Maestro: aspirantado, noviciado, profesión temporal; búsquense la soledad y la compañía de los Santos.
  2. Mortificación interna de la memoria, fantasía, soberbia, corazón, etc.; externa: tacto, oído, ojos, gusto, olfato, cumplimiento de un horario o programa.
  3. Oración: "Sin mí nada podéis hacer", por consiguiente asistencia a los sacramentos, devoción a la Virgen, a san Pablo, la visita, el examen de conciencia. La palabra de san Pablo tiene una claridad especial: "La cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia" (Rom 9,16). Conviene entrar en el reino de la misericordia y ponernos bajo tal gobierno y dominio.
    La oración afecte también al sentimiento, de modo que nos sintamos excitados a la confusión.
    Si el alma se encuentra en la desolación o en la aridez, podrá hacer más lectura y oración, hasta que se encuentre bien alimentada y saboree algo. Mientras tanto, humíllese y espere tranquila la misericordia divina.
  4. Studium perfectionis [deseo/esfuerzo de la perfección]: o sea, querer mejorar en la ciencia divina, en la perfección de la voluntad, en la santidad de la vida [DF 15].

La escuela de Nazaret es formación: se trata, en efecto, de formarse, de adquirir la "forma" de Jesús, de asimilarnos a él. En la cátedra él, sólo él, el Maestro Divino. Él enseña disciplinas severas, pero indispensables para el crecimiento en su conformación: huida del "mundo", soledad, mortificación, examen de conciencia, oración... Sirve de consuelo la palabra de san Pablo: "La cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia" (Rom 9,16).También aquí el comienzo y el término de todo es el Padre de bondad, que nos invita a "entrar en el reino de la misericordia".

Desdichadamente, sin embargo, pese a la infinita benevolencia de Dios, el hombre puede resistir a la invitación o bien iniciar el camino y después perderse por él: "las desviaciones son fáciles". De aquí, por tanto, la necesidad de implicar plenamente a la voluntad. El P. Alberione utiliza una eficaz expresión latina: el "studium perfectionis", es decir, el esfuerzo, el empeño, la aplicación seria a la perfección. En una palabra, el "querer mejorar", que el creyente-Paulino aplicará a todas las expresiones de su pensar y actuar ("en la ciencia divina, en la perfección de la voluntad, en la santidad de la vida").

Es bien sabido con cuánto rigor reiteró el Fundador la obligación del Paulino de llevar a cabo la conformación con el Maestro:

"Prometamos lo que es obligatorio, lo que constituye el espíritu, el alma del Instituto: a saber, vivir la devoción a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida; devoción que no es solamente oración, sino que comprende todo aquello que se hace en la vida diaria. No es una bonita expresión y tampoco un simple consejo: es la sustancia de la Congregación; es ser o no ser paulinos. ¡No se pueden hacer digresiones!" (Meditazione alla comunità di Roma, 1957).

¡Es una consigna sobre la cual nunca se acabará de reflexionar y verificarnos!

La conformación con el Maestro, en efecto, es lo que califica a nuestra persona: el motivo primario por el que el Señor nos ha llamado y por el que aún nos interpela y convoca cada día. Es la razón esencial de nuestro vivir y actuar en la Congregación. Es lo que constituye mi/nuestra verdadera identidad, porque así nos ha pensado Dios Padre y a este fin nos ha enriquecido de dones particulares. Sólo desarrollando este llamamiento de Dios, bajo la acción del Espíritu, viviremos coherentemente nuestra vocación: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí", a ejemplo de nuestro Padre san Pablo, con una clara identidad carismática.

Sigue: Un "ambiente" específico: la misión paulina

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Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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