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JESÚS "EL MAESTRO"

en la espiritualidad según el P. Alberione

Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Guido Gandolfo ssp

 

5.2. IIª Etapa. La "encarnacion" del Maestro en nosotros
(teología del Hijo — vía iluminativa)

La primera etapa se cerraba con una perspectiva muy alta: el camino a la santidad pasa a través de la "encarnación de Dios en nosotros". Como hemos visto, el acento se colocaba preferentemente en "nuestra parte", vista sobre todo como obra de purificación y control sobre nosotros mismos: examen (anual, mensual, semanal, cotidiano), meditación cotidiana, dirección espiritual y confesión. Todo ello al objeto de "valorar el esfuerzo".

Al abrir la segunda etapa, la teología del Hijo, el P. Alberione recupera inmediatamente la realidad de la "encarnación", haciendo comprender que será ése el aspecto central de la nueva fase.

Precisa ante todo que el que se encarna es Jesucristo. Y recuerda una vez más que al creyente se le exigen algunas "disposiciones".

Para que Jesucristo se encarne en nosotros, debemos:

a) ponernos en las disposiciones de inocencia y humildad de san José y de María;

b) producir en estos días frutos dignos de penitencia, meditando la vida de S. Juan Bautista y excitándonos al dolor y a la mortificación [DF 97].

Las disposiciones de quien desea acoger la iniciativa de Dios son, pues, la pureza completa, contenida en el término "inocencia", y la humildad del corazón, a ejemplo de María Sma., Madre nuestra, y de san José. Además no habrá que abandonar los "frutos dignos de penitencia" —para lo cual será útil "meditar la vida" de san Juan Bautista,(21) con el propósito de "excitarnos" al dolor y a la mortificación, al objeto de sostener en el tiempo la conversión iniciada.

El discurso se desarrolla según una lógica lineal, conforme a la tradición teológica del pre-Vaticano II: el hombre, que sale de las manos de Dios con el destino de glorificarlo en el cielo, en el viaje de prueba en la tierra va precedido, guiado, acompañado y sostenido por el Hijo de Dios, que el Padre nos ha dado como Maestro único y universal. Toda la vida del hombre de Dios está caracterizada por el esfuerzo de conformarnos con él: se trata de asumir la "forma" del Maestro Divino, tratando cotidianamente de hacerse más semejantes al modelo. Tal proceso encuentra su origen en el amor preveniente de la Trinidad y se desarrolla cumplidamente sólo en una dinámica de respuesta amorosa a Dios.

Tras recorrer el necesario camino de conversión para volver al primitivo proyecto del Padre, el discípulo de Jesús es invitado a entrar decididamente en la vía maestra: la vía que llevará la "encarnación" de Cristo Maestro a su persona.

De ahí el claro objetivo que ha de marcarse el Paulino: conformarse con el Maestro Divino mediante su "encarnación" en nosotros.

Tal objetivo —encarnación— se convierte, pues, en la gran palabra-consigna de la segunda etapa. (sumario)

5.2.1. Para que se encarne Jesucristo en nosotros

El número que sigue lleva el significativo título de "Encarnación". El Autor especifica con precisión el transformante alcance de esta vital inserción del Maestro Divino en la existencia del discípulo hasta la madurez paulina: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí".

Encarnación.— 1. Este período debe traernos a Jesucristo, Verdad, Camino y Vida, al objeto de formar al hombre nuevo. La vida sobrenatural le dará la vida eterna: "coheredes Christi" [coherederos de Cristo].

2. Jesucristo es verdad para la inteligencia: de ahí la necesidad de estudiar la doctrina cristiana, especialmente el Evangelio.

Jesucristo es camino para la voluntad: de ello se desprende la necesidad de imitar a Jesucristo, especialmente cuidar la sagrada comunión.

Jesucristo es vida para el corazón: por consiguiente necesitamos investirnos de gracia santificante y actual, especialmente con la santa misa.

3. Por eso hay que dividir la hora de adoración en tres partes: a) lectura del Evangelio y doctrina cristiana, para honrar a Jesucristo Maestro; b) comparar nuestra vida con la de Jesucristo, modelo, y hacer el examen de conciencia; c) oración, especialmente lo que prepara a la santa misa (vía crucis, misterios dolorosos) [DF 98-100].

Un fragmento densísimo, otra de las eficaces visiones sintéticas que caracterizan la enseñanza de nuestro Fundador. Merece que se le analice atentamente:

Este período.— ¿Qué período? Ante todo, el período de los Ejercicios espirituales y el año de noviciado, para los que fue pensado inicialmente el Donec formetur. Pero el horizonte es sin duda más amplio, hasta caracterizar todos los períodos en la vida cristiana y religiosa entendida como un discipulado diligente y comprometido con el Maestro Divino: año de preparación para etapas importantes, año de espiritualidad, año sabático, año jubilar, etc., pero no sólo.

Debe.— Verbo comprometedor, que nos remite al contexto evangélico de la adhesión total y solícita de Jesús al proyecto salvífico del Padre y por tanto a un disciplinado itinerario de conformación con tal Maestro. En efecto, cuanto afirma el Autor no ha de entenderse como algo facultativo o meramente decorativo, como barniz o puro "contorno". Estamos en el corazón de nuestra espiritualidad, aquí está interesada nuestra identidad de Paulinos y la vida misma. Una obligación, por tanto, y de las más graves.(22)

Traernos.— Surge inmediata la idea del don, de un regalo que nos traen, de algo bello, tal vez superior a las mismas expectativas. Tal don es traído a nosotros:(23) no es algo exterior, que se superpone a nuestra persona. Es un don que entra en la vida, que penetra en profundidad, destinado a com-penetrarse con nuestra persona, haciéndose una sola cosa con ella.

Jesucristo.— Aquí se desvela el don inesperado: el huésped deseado, el tesoro más preciado es nada menos que la Persona de Jesucristo. No sólo, pues, una gracia, una virtud, un don espiritual, sino Jesús, el Cristo, el Verbo encarnado, el Hijo de Dios, Dios mismo. Nuestro Maestro...

Camino, Verdad y Vida.— El ineludible subrayado, para designar al Cristo integral, a todo el Cristo, como él mismo se definió (Jn 14,6).

A fin de formar al hombre nuevo.— El P. Alberione, partiendo del cuadro veterotestamentario de Gén 2-3 que subyace a la Iª parte en la teología del Padre, se remite a la imagen ofrecida por la Carta a los Efesios (2,15; 4,24). El hombre nuevo, para san Pablo, es Jesucristo, resucitado y viviente en las personas de sus fieles, los cuales son incorporados a él en el bautismo y forman el único cuerpo místico del Resucitado. A través de la profesión religiosa, que se inserta en la consagración bautismal, se ponen las condiciones para que la encarnación de Jesucristo en el hombre cree precisamente una nueva personalidad. Desaparece el hombre viejo, ligado a las pasiones de un tiempo, y se realiza el injerto del hombre nuevo, Jesucristo. Los frutos que de ello se derivan serán, de ahora en adelante, cristiformes.(24)

La vida sobrenatural dará la vida eterna.— La meta definitiva es siempre la misma, y el P. Alberione se apresura a mantener bien vivo este pensamiento. Todo el proceso de la "vida sobrenatural", la vida según el Espíritu Santo (cfr 1Cor 2,10-16), confluirá en la eternidad feliz e imperecedera.

"Coheredes Christi".— Se vivirá de modo pleno e indefectible la excelsa condición a la que la benevolencia del Padre nos ha elevado: se otorga al discípulo fiel la misma herencia del Hijo, "coherederos de Cristo" (Rom 8,17).

Así pues, la encarnación de Jesucristo, Maestro Divino, en nosotros. Este momento del itinerario marca un paso nodal, decisivo con vistas a la conformación.

Pero ¿qué comporta el proceso de encarnación? Lo expresa la misma palabra: que Cristo Jesús tome carne en una persona. Según la ley natural de la encarnación, la referencia a María, la Virgen madre, es aquí obligada. Análogamente a cuanto ha sucedido en ella, Cristo Jesús, el Maestro, se encarna cuando toma carne en el creyente, en el Paulino.

El P. Alberione, en otros pasajes, ha tratado de explicar esta realidad recurriendo a la imagen(también ella de matriz paulina) del olivo injertado,(25) (cfr Rom 11,16ss). Se realiza un proceso análogo al del injerto. El injerto de un brote nuevo o mejor en una planta silvestre hace que poco a poco ambas se fundan y el tallo nuevo se desarrolle sobre la parte vieja. La linfa nueva sustituye a la vieja, de modo que los frutos ya no serán bravíos, sino los del tallo injertado. De igual modo, la progresiva encarnación de la persona del Maestro Divino en un alma, en virtud de la conformación, tiende a constituir una nueva persona: se reduce la componente egoísta, de pecado; aumenta la circulación de la linfa divina y la persona empieza a pensar, querer y amar como Jesús. Y se producen frutos buenos, cristianos, apostólicos.

Es una transformación lenta, fatigosa, pero regeneradora. Nace y crece la criatura nueva. Todo, todo de verdad, adquiere luminosidad y sabor nuevo. Las formas y los tiempos de espiritualidad, de "prácticas", se convierten en vida(26) perdiendo todo eventual aspecto formalista; de "deberes" se transforman en "necesidades" del corazón; expresiones a menudo marginales y no influyentes revelan su identidad de centro propulsor de todos los pensamientos, afectos, opciones o decisiones.

De igual modo, las personas con quienes se trabaja se convierten en hermanos/hermanas que el mismo Maestro Jesús nos regala; las largas, estresantes "horas de trabajo" se convierten en consciente dedicación de nuestras energías al Señor de la vida, que las eleva a la más alta valoración, la salvífica; lo que sale de nuestras manos no es sólo "producto" sino ¡fruto(27) santo y santificante!

Todo esto, lo sabemos, no sucede automáticamente, ni se nos aplica desde lo alto sin nuestro esfuerzo personal. Se trata de acoger el don del Divino Maestro integral —Verdad, Camino y Vida— en la totalidad de nuestro ser: inteligencia, voluntad y corazón.

Es el camino que recorrió nuestro Fundador y al que llama decididamente también a cada uno de nosotros. Sigamos su desarrollo.

Sigue: El itinerario de conformación con el Maestro - 3

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Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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