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JESÚS MAESTRO EN EL NUESTRO APOSTOLADO
SECUNDO DON ALBERIONE


Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Teófilo Pérez ssp

 

I. El P. Alberione vivió para realizar una misión específica

Pasamos al primer aspecto: ver la vida del P. Alberione dedicada enteramente a su "obra", o sea al apostolado específico que el Señor le pidió según las necesidades de los tiempos. Para focalizar este punto me serviré del método denominado narratológico, muy usado hoy para leer la Biblia y para la impostación de la teología. Suele decirse que el logos narrativo es anterior al de la comprensión abstracta. En efecto, el esquema evolutivo seguido para captar una realidad vivencial, puede sintetizarse en tres momentos: primero la narración, segundo la pregunta, tercero la abstracción.

Me detengo un instante para subrayar algunos aspectos de este método narrativo o del relato.(5) En las "narraciones" (entendidas como "tradiciones vivas" que alcanzan las raíces de los propios orígenes) los pueblos y los individuos se encuentran consigo mismos, se redescubren, se recrean para salvarse del sinsentido o de la pérdida de identidad, que a veces puede amenazarles.(6) En nuestro momento histórico como Congregación y Familia Paulina, la narratividad (usada para redescubrir la persona del P. Alberione, en su globalidad más que en análisis demasiado particularizados) puede ayudarnos a rescatar o reforzar nuestro ser y actuar, superando la fragmentariedad en que podríamos encontrarnos más o menos sumergidos. Los relatos objetivan situaciones en las que podemos reconocernos, pues ellos no son discursos sobre cosas o ideas, sino proyecciones de la realidad misma de la vida, es decir, presentan, en las coordinadas vitales, las situaciones donde se mueven los personajes, unificando, globalizando lo que a menudo solemos vivir de forma dispersiva.

En otras palabras, quisiéramos desplegar la historia del P. Alberione (tocarla casi, en lo posible), para hacerla nuestra, revivirla con intensidad parecida a como la vivieron los primeros paulinos y paulinas, y de ese modo ahondar el sentido de pertenencia a la Familia por él fundada. Los relatos conservan por lo general un fuerte realismo que les acerca a las personas de cualquier época; conviene, pues, que en ellos nos busquemos a nosotros mismos en clave de herencia y de afinidad, sintiéndonos hijos e hijas de Don Alberione. Él nos enseña no sólo con las palabras (dichas o escritas) sino sobre todo con la vida.(7) La historia, al narrarse, se recrea: reaviva la fantasía, que conecta nuestro mundo racional con el afectivo;(8) ella, mediante el recuerdo (evocando un proceso: anámnesis) mueve las emociones y en fuerza de la imitación (mímesis) motiva la conducta. Si uno es incapaz de recrear la historia narrada, entonces el relato deviene mera nostalgia, se niega al futuro.(9)

En la evolución humana, las acciones (las iniciativas, la creatividad... ¿y qué otra característica es más adapta a un Fundador como el nuestro?) tienen una función fundamental en la constitución de la persona. Las personas son agentes que se nos dan a conocer mediante la historia de la que son sujetos o protagonistas. Y no son conceptos estas historias sino entidades cuyo significado viene sólo desde su conclusión, o sea, a partir de su final; ello equivale a decir que la anticipación del futuro realiza el presente. Esto implica obviamente la dimensión de la paciencia: la historia (incluso la escrita con mayúscula, la Historia de la salvación) está llena de pausas, de silencios creativos, de sueños llenos de sentido, de expectación.(10) (regrese al sumario)

1. El lugar del apostolado en la vida del P. Alberione

«La vocación es el llamamiento que Dios hace oír al hombre que ha escogido y al que destina a una obra particular en su designio de salvación y en el destino de su pueblo. En el origen de la vocación hay por tanto una elección divina; en su término, una voluntad divina que realizar... [además de] un llamamiento personal dirigido a la conciencia más profunda del individuo y que modifica radicalmente su existencia, no sólo en sus condiciones exteriores, sino hasta en el corazón, haciendo de él otro hombr.(11)

Todas las vocaciones en la Biblia y en la vida de la Iglesia tienen como objeto "misiones" más o menos "importantes o amplias" desde el punto de vista de la historia humana. Dios llama para enviar.(12)

Esta regla se cumple particularmente en el caso de los "fundadores", destinados por Dios a suscitar nuevas familias religiosas en la Iglesia para "socorrerla" según las necesidades de los tiempos. «La experiencia que ellos hacen en el Espíritu no es fin en sí misma, no mira sólo a alcanzar la plena conformación con Cristo, la perfección cristiana, la santidad. Si los fundadores reciben el don de recorrer un peculiar camino de santidad, es para capacitarles a asumir un servicio en la Iglesia, tal que responda a sus necesidades y urgencias. La respuesta al llamamiento de la Iglesia (que puede llegar a partir de las situaciones y ambientes más dispares), se traduce en una obra nueva y en un determinado tipo de servicio y de presenci.(13)

En estas coordinadas, apuntadas muy brevemente (sin pretender entrar en el amplio y delicado tema de los "carismas"), el P. Alberione, como muchos otros personajes religiosos, bíblicos o eclesiales, es el hombre de una empresa (o misión): a ella es llamado por Dios, y por ella y para ella llegará a ser él su confidente.(14) Nuestro Fundador recibió de Dios (trámite intuiciones, reflexiones, sensibilidad, "sueños", inspiraciones, etc.) la "misión" de poner al servicio del bien, de la evangelización, de la Iglesia los modernos medios de comunicación, librándolos de la esclavitud a que estaban (siguen estando) sometidos por las fuerzas del mal y colocándolos al nivel de la predicación oral, tradicional en el cristianismo. Con esa finalidad funda la Sociedad de San Pablo y (con fines convergentes) los otros Institutos paulinos. (regrese al sumario)

2. La misión, punto de arranque y horizonte del «proyecto Alberione»

A casi cien años de la intuición profética del P. Alberione, y a más de ochenta de sus primeras fundaciones, podemos recorrer nuestra historia paulina apuntando el zoom en visión retrospectiva unas veces, en visión prospectiva otras, por los varios períodos que la integran. Es un procedimiento que el mismo Fundador usó a menudo: él, apasionado de historia, solía hacer balances sobre lo que se había realizado,(15) y al mismo tiempo (siempre lanzado adelante) le gustaba mirar al futuro como proyección para la propia obra.(16)

En la "autobiografía carismática", el opúsculo Abundantes divitiæ gratiæ suæ (en realidad una profunda reconstrucción de nuestros orígenes a la luz del desarrollo sucesivo), el P. Alberione recuerda la "prehistoria" de la Familia Paulina. Y nota enseguida que el punto de arranque (el primer instante de la concepción, diríamos) fue la misión: «La noche que dividió el siglo pasado del corriente fue decisiva para la misión específica y el espíritu con que habría de nacer y vivir la Familia Paulin.(17)

El impulso a tal misión (o sea la consciencia de ser llamado-enviado por Dios a servir a la Iglesia, a los hombres del nuevo siglo y a trabajar con otros»: AD 20) venía de la constatación (la lectura vivencial de los "signos de los tiempos") de las urgencias y de los problemas reales de entonces, recogidos en «el discurso calmo, pero profundo y cautivador» del sociólogo Toniolo y «en la invitación de León XIII...: Uno y otro hablaban de las necesidades de la Iglesia, de los nuevos medios del mal, del deber de oponer prensa a prensa, organización a organización, [de la necesidad] de hacer penetrar el evangelio en las masas, de las cuestiones sociales...» (AD 14).

Sorprende relevar cómo la intensidad de vida del joven seminarista Alberione no genere envites hacia el intimismo (aunque el porte interior lo cuidó diligente y vigorosamente), sino más bien se registre un imparable empuje hacia la acción a favor de los demás ("los hombres del nuevo siglo": cfr AD 20), con una atención despierta al contexto histórico y coyuntural del período. Alberione siente no sólo una llamada personalizada, sino la invitación de Cristo que desde la Hostia llama a todos: «Venid todos a mí» (cfr AD 15).

En efecto, también la oración del seminarista Alberione (especial y concretamente aquella "prolongada", en adoración eucarística, durante la noche-puente entre el siglo XIX y el XX) se concentra no sobre sí mismo sino en la amplia panorámica de la situación de la Iglesia y de la sociedad, reavivando estas intenciones llevadas y vivenciadas en una larga reflexión y preparación: «... que el siglo naciera en Cristo Eucaristía; que nuevos apóstoles sanearan las leyes, la escuela, la literatura, la prensa, las costumbres; que la Iglesia tuviera un nuevo empuje misionero; que se usaran bien los nuevos medios de apostolado; que la sociedad acogiese las grandes enseñanzas de las encíclicas de León XIII..., especialmente las concernientes a las cuestiones sociales y a la libertad de la Iglesia» (AD 19).(18)

Más aún, se diría que estas realidades "externas" (confiadas al celo apostólico) tuvieran la fuerza, como una especie de retroalimentación, de consolidar e incrementar los valores más íntimos (inclusive espirituales) de la persona Alberione: «La Eucaristía, el Evangelio, el Papa, el nuevo siglo, los nuevos medios..., la necesidad de un nuevo escuadrón de apóstoles se le clavaron de tal modo en la mente y en el corazón, que luego dominaron siempre sus pensamientos, oración, trabajo interior y aspiraciones» (AD 20)(19) Resulta clarísima la coincidencia del "llamamiento" o compromiso que toca directamente la persona del joven seminarista y el "envío" del que se siente afectado y que le acerca realmente a Jesús, al mismo tiempo que le lanza hacia los hombres.

La llamada al apostolado específico ha sido, pues, el "punto de arranque", y también el "horizonte o meta" que el joven Alberione estaba entreviendo y construyendo .(20) Efectivamente en semejante llamada él percibe ante todo con «mayor comprensión la invitación de Jesús: "Venid todos a mí" y la verdadera misión del sacerdote» (AD 15), es decir la realización de su precoz decisión de hacerse sacerdote;(21) y luego entrevé en escorzo el escenario donde se desarrollaría la propia actividad apostólica: «Vagando con la mente en el futuro, le parecía que en el nuevo siglo personas generosas sentirían cuanto él sentía; y que, asociadas en organización, se podría realizar lo que Toniolo tanto repetía: "Uníos; si el enemigo nos encuentra solos, nos vencerá uno por uno"» (AD 17).

En estos trazos de nuestra prehistoria paulina vivida en los primeros compases por el Fundador, el eje es siempre la misión específica: todavía no percibida con claridad (se habla de un genérico "hacer algo"), pero sentida ya con suficiente fuerza como una propensión que atraía la vida de Alberione empujándole hacia nuevos caminos, más allá de las ocupaciones de un sacerdote "tradicional".(22) (regrese al sumario)

3. De la idea a la realización, cuando llegó la hora de la Providencia

Aparentemente, tras el "concebimiento" del proprio proyecto no acaeció nada de especial en la vida del joven seminarista, ni quizás podía suceder: había que proseguir los estudios académicos, prepararse a las sagradas órdenes, respetar los ritmos normales establecidos. Por otra parte, los proyectos necesitan siempre tiempo para poder delinearse y cuajar. Pasaron por eso algunos años, ciertamente de intensa actividad ministerial,(23) de maduración,(24) de enriquecimiento,(25) pero al fin y al cabo de espera,(26) hasta que sonó "la hora de Dios", en el verano de 1914, y el P. Alberione inició su obra, su fundación:(27) dos o tres muchachos y algunas pobres máquinas para empezar la actividad de la Buena Prensa con más voluntad que verdadera competencia.(28)

Las varias etapas de la primera institución (caracterizadas por denominaciones diversas: la inicial, "Pequeño Obrero", se trasformará sucesivamente en "Escuela Tipográfica Pequeño Obrero", abreviada en "Escuela Tipográfica", luego en "Escuela Tipográfica Editora", y finalmente, hacia 1920, en "Pía Sociedad de San Pablo", la actual "Sociedad de San Pablo") marcan el desarrollo constante, siempre bajo la guía vigilante del Fundador. A la rama masculina —flanqueada desde el principio por los Cooperadores: cfr AD 25, 121-123— van añadiéndose progresivamente las femeninas: el 15 de junio de 1915, las Hijas de San Pablo; el 10 de febrero de 1924, las Pías Discípulas del Divino Maestro; el 7 de octubre de 1938, las Hermanas de Jesús Buen Pastor; en 1959 las Hermanas de la Reina de los Apóstoles; y luego la Familia Paulina se completa el 8 de abril de 1960 con los cuatro Institutos Agregados (seculares): Jesús Sacerdote, San Gabriel Arcángel, Virgen de la Anunciación, Santa Familia.(29)

La "misión", aún habiendo sido encarrilada bajo el signo de la pobreza y con grande humildad y modestia)(30) se presentará grandiosa desde el comienzo,(31) e irá enraizándose,(32) creciendo, ensanchándose con el intento de abarcar un campo cada vez más amplio (si fuera posible, ¡todo!): he aquí por qué se multiplican las instituciones y las iniciativas.(33)

Al mismo tiempo, la misión (arriesgada, fronteriza,(34) de vanguardia) encuentra incontables obstáculos, que Don Alberione supera con vigor y tenacidad, con la ayuda divina, a veces casi palpable: «En momentos de especial dificultad [...] pareció que el divino Maestro quería consolidar el Instituto iniciado pocos años antes» (AD 151).(35)

A medida que sus fundaciones (y las relativas actividades) entran en la etapa de implantación y de consolidación,(36) el hombre maduro, Alberione, envejece, pero continuando hasta edad avanzada siempre a la cabeza de los suyos, estimulándolos y precediéndoles, (37) hasta poder decirse de él, como de Moisés, que "no había perdido vista ni había decaído su vigor" (Dt 34,7), no en el sentido fisiológico (en los últimos años el P. Alberione estaba muy desmejorado y casi imposibilitado)(38) sino en lo psíquico y moral.

En todo el arco de su existencia, desde la primera "inspiración" en la noche a horcajadas de los siglos XIX y XX, hasta el momento de presentar las últimas consignas, siempre la "misión" constituyó para el P. Alberione el eje diamantino. Lo reafirma él mismo en los trazos autobiográficos que nos ha dejado sobre las varias etapas de su vida:

1) Ya vimos un texto que recuerda los comienzos (si bien vistos en amplia retrospectiva, apuntando el zoom hacia la historia de las "abundantes riquezas de la gracia divina"): «La noche que dividió el siglo pasado del corriente fue decisiva para la misión específica y el espíritu particular con que habría de nacer y vivir la Familia Paulina» (AD 13). Desde el primer instante del concebimiento de su obra fundacional, la misión está constitutivamente presente en el horizonte del joven Alberione.

2) Ya en plena madurez, en conmovedor testimonio ante sus más directos colaboradores (los responsables de las Provincias y Regiones, reunidos todos juntos para un mes de actualización), Don Alberione vuelve a subrayar que la misión es el punto focal en su balance de sesenta años de ministerio: «La mano de Dios sobre mí, desde 1900 a 1960. Ante Dios y los hombres, siento el peso de la misión que me encomendó el Señor... Sea como sea, Don Alberione es el instrumento elegido por Dios para esta misión, en fuerza de lo cual él ha obrado por Dios y según las inspiraciones y el querer de Dios» (UPS I, 374s).

3) Finalmente, al término de su vida, en una manifestación o confidencia de claras connotaciones crepusculares y testamentarias, pero con una luminosa apertura al futuro ilimitado y definitivo, volvemos a encontrar la insistencia en la misión, entendida humildemente como oficio o cometido, pero también como "medida" de la propia existencia: «Mi conclusión: He seguido fiel al oficio del Apostolado desde 1914 a 1968, con la gracia divina. Ahora he llegado a los 84 años de mi vida, que se cierra para el tiempo y pasa a la eternidad; a cada hora repito la fe, la esperanza, la caridad a Dios y a las almas. ¡Todos reunidos en el gozo eterno!».(39) (regrese al sumario)

Sigue: El P. Alberione vivió para realizar una misión específica - 2-

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 Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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