Home page | Alberione | Familia Paulina | Sociedad San Pablo | Correo


JESÚS MAESTRO EN EL NUESTRO APOSTOLADO
SECUNDO DON ALBERIONE


Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Teófilo Pérez ssp

 

II. El libro "Apostolado de la Prensa" Manual directivo de formación y de apostolado

Casi como un condensado vivencial, cuando ya sus fundaciones se habían afirmado y había empezado la expansión en los varios continentes, el P. Alberione publicó en 1933 el libro programático Apostolato Stampa [Apostolado de la Prensa (=AP)]. Consta de 29 capítulos, algunos prevalentemente de carácter doctrinal, otros (los más) claramente prácticos, todos invariablemente divididos en tres partes. Casi todo el libro había aparecido ya en Gazzetta d’Alba en 1932 y en Vida Pastoral desde 1931.

La característica más relevante de este "Manual directivo" (así rezará el subtítulo en ediciones sucesivas)(64) es la siguiente: el autor, partiendo de sus convicciones y, más aún de sus vivencias, en una densa síntesis (no obstante las rebuscadas simetrías y el discurso a veces minutamente analítico), presenta en clave apostólica toda la vida del paulino, ya suficientemente organizada y por tanto en todas sus componentes.

Y bien, todo está focalizado desde el punto de vista del apostolado específico, superando (al menos como proyecto) las numerosas empalizadas o compartimientos estancos o dicotomías. Formación, trabajo, historia, devociones, oración, medios técnicos, consejos práctico-prácticos, el culto a la Sagrada Escritura, la consagración religiosa, los peligros en perspectiva (los "gajes del oficio", dirá más tarde), los programas a realizar y los horizontes que alcanzar... todo queda estructurado compactamente alrededor del punto-clave de la misión, que de esta manera viene a constituirse en el cauce de vida de todo paulino/na. Y no se contenta con esto el P. Alberione: yendo más allá de la propia Familia religiosa y del ámbito de su influjo inmediato, él quisiera que toda la Iglesia (y hasta toda la sociedad) se moviera al ritmo del apostolado.(65)

Veremos el esquema en general, es decir la armazón ósea de este tratado, añadiendo algunas precisiones que el mismo P. Alberione fue haciendo en años sucesivos, y aduciendo algunos documentos eclesiales posconciliares —y de los nuestros— para constatar en ellos el eco de las intuiciones-base de nuestro Fundador.

Punto de arranque de este "Manual directivo" es la convicción profunda que empujó al P. Alberione a emprender su obra, es decir la vocación específica (e incluso especial), la llamada de Dios percibida desde joven y llevada adelante con fidelidad: «Os doy esta misión —había oído la voz del Divino Maestro— y quiero que la cumpláis» (AD 157).(66) Todos sus esfuerzos se dirigirán siempre en esa dirección: es claro e incontrovertible que la evangelización —con el uso de las "ediciones", o sea con los medios modernos de la comunicación social— es el fin principal hacia el que tiende su vocación, sus fundaciones, su vida.(67) (regrese al sumario)

1. Definición y "justificación" del Apostolado con los m.c.s.

El P. Alberione comienza su tratado definiendo el Apostolado de la Prensa: «Es la predicación de la divina palabra con el imprimir» (pág. 3).(68) Enlaza pues la categoría de "predicación" (o evangelización"),(69) tomada de la Sagrada Escritura y de la Tradición, y la de "imprimir" (o sea la transmisión con los medios técnicos), que constituirá lo específico del apostolado paulino. Nuestro Fundador siempre tomó a pecho, como punto basilar o presupuesto del propio carisma, esta equivalencia entre la predicación oral y la instrumental (primero mediante la prensa y luego mediante los demás instrumentos de comunicación social que han ido apareciendo sucesivamente).(70)

Por eso aduce enseguida (a favor del uso apostólico de la prensa y de los otros medios de c.s.) una serie de "pruebas" o razones, fundadas en el hecho de que la Palabra de Dios ha sido transmitida, a voz o escrita, por boca de los patriarcas, profetas, por medio del Hijo, de la Iglesia...; hasta concluir:(71) «La predicación de viva voz corresponde en cierto modo a la Tradición; la predicación por impresión [prensa], en cierto modo corresponde a la Sagrada Escritura» (pág. 5).(72) Y bien, la predicación (o sea la evangelización) «es necesaria en todo tiempo, [...] en todo lugar, [...] para todo hombre» (pág. 3), pues «tal ha sido el divino cometido de Jesús, cometido que el Maestro transmitió y confió a los sacerdotes: "Como el Padre me ha mandado, así yo os mando a vosotros... Id, pues: amaestrad (verdad), enseñando a observar... (moral), bautizando a las gentes (gracia)"» (pág. 15).

Se plantea, pues, el problema de cómo llegar a tan vasto radio. Esta urgencia de la evangelización, a ejemplo de Pablo ("¡Ay de mí si no evangelizara!": 1Cor 9,16), ha sido el resorte que hizo echar a andar la intuición alberoniana, y el empuje apostólico que le hizo llevar siempre más adelante su obra.

Algunos años después encontrará una formulación incisiva, para expresar lo que había vivido y afirmado desde los primeros tiempos fundacionales: «Hoy no basta el púlpito: se necesitan todos los medios. Realmente en pocos años se ha transformado el mundo y para caminar con él hemos de actualizarnos. ¡A mover todo: cine, radio, televisión y cuanto sirve para comunicar el pensamiento.(73) Esto significa abrir el uso de los medios modernos, considerados dones de Dios al campo de la pastoral, o sea al gobierno de las almas [de las personas], para «guiarlas a los pastos saludables de la verdad, por los rectos senderos de la santidad cristiana, en la vida sobrenatural de la gracia» (pág. 15).

Se percibe en estas palabras, con fuerte anticipación en el tiempo, lo que el decreto Inter mirífica afirmará: «La Iglesia católica, fundada por Cristo el Señor para llevar la salvación a todos los hombres y, en consecuencia, urgida por la necesidad de evangelizar, considera que forma parte de su misión predicar el mensaje de la salvación, con la ayuda, también, de los medios de comunicación social» (IM 3; cfr n. 13). (74) (regrese al sumario)

2. Los contenidos de la predicación medial

¿Qué debe comunicarse? ¿Cuál es el objeto del Apostolado de la Prensa? El P. Alberione no tiene dudas al respecto: hay que presentar a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida.(75) El Evangelio es la persona misma de Jesucristo (cfr EN 7; RM 13). Sin embargo, para proceder esquemática y metódicamente, el P. Alberione hace alarde de las célebres tríadas, a partir de la tantas veces repetida respecto a los contenidos del apostolado: Dogma, Moral, Culto, en clara correspondencia casi simétrica con Verdad, Camino, Vida:(76) «Ante todo, mantengamos el principio general de dar a Jesucristo Camino, Verdad y Vida, o sea como Él es: todo. Él es la Verdad, por tanto dar la clara doctrina; Él es el Camino, por tanto dar al mundo las virtudes, es decir enseñar... la imitación de Jesucristo; Él es la Vida, y la vida se alcanza por Él, por los Sacramento.(77)

Esta comunicación de la doctrina, de la moral y del culto, o sea de la vida integral, se hace directamente o indirectamente (págs. 16-17).

A) Ante todo directamente, o sea exponiendo de modo explícito los contenidos catequéticos, aplicándolos a la vida personal, familiar, social, internacional: «Dar en primer lugar la doctrina que salv.(78) La insistencia del P. Alberione sobre esto no conoce tregua. Y aquí cabe introducir el tema de la primacía de la Palabra de Dios, al que dedica en el libro dos capítulos: el XXIV, sobre el culto o devoción personal y eclesial de la Biblia, que debe ser favorecida con la mente, la voluntad y el corazón; y el capítulo XXVIII, la Sagrada Escritura como modelo para el Apostolado de la Prensa y su primer objeto: «La difusión del santo Evangelio en particular y de la Biblia en general debe ser la obra esencial del AP» (pág. 148).(79) Los Documentos Capitulares (n. 171) enumeran al respecto: la evangelización,(80) la catequesis,(81) la predicación ordinaria destinada a la profundización dinámica de la fe,(82) etc.

B) En el segundo caso, aplicando la doctrina católica a los problemas políticos, económicos, sociales, científicos y morales, que los nuevos tiempos presentan, siguiendo un método histórico-doctrinal. En otras palabras: «Empapar de Evangelio todo el pensamiento y saber human.(83) También sobre este aspecto el P. Alberione insistió siempre hacia una apertura sin confines: «Así pues —decía en una de las pláticas de los años 1952-1955—, ante todo lo que concierne a la doctrina, la moral, el culto, y luego las otras cosas que disponen a recibir las verdades de fe, o que al menos elevan el tenor de la vida humana: las cosas científicas del tiempo. Creando el mundo, Dios pasa a ser el Autor de toda ciencia. El saber no es sino estudiar a Dios. Cada nueva ciencia es un capítulo que explica la obra de Dio.(84) Y en 1960 reafirmaba: «El Instituto lo enseña todo: en primer lugar, lo que sirve directamente para el cielo, o sea fe, moral, culto; luego todo "quidquid bonum, quidquid verum, etc"» (UPS II, 172).(85) Toda comunicación debe hacerse con espíritu pastoral, dirigida al hombre dotado de inteligencia, voluntad y corazón: Disponer estas facultades constituye una importante fase de preparación, que ya es apostolado (cap. V). Los Documentos Capitulares (nn. 169 y 172-176) hablan al respecto de preevangelización, animación cristiana de la cultura y de otras realidades terrenas, de la pastoral del pensamiento, de la animación cristiana del tiempo libre, etc. (regrese al sumario)

3. Las disposiciones del comunicador

El espíritu pastoral, o sea la actitud de servicio propia de todo apostolado cristiano (tal es el sentido joaneo de "maestro"), entraña en el evangelizador, según el P. Alberione, algunas exigencias (él las reduce a tres) que lo involucran totalmente: «Sentir con Jesús - sentir con la Iglesia - sentir con San Pablo por las almas» (cap. VII, págs. 29-33). Alrededor de este triple eje, se enumera una amplia serie de actividades que manifiestan concretamente el celo apostólico del paulino, cuyo corazón desborda de amor a Dios y al prójimo, tratando de comunicarlo.(86)

Hay un nexo profundo (inextricable) entre la obra y el operador apostólico: una ósmosis de vida. Es muy importante el talante espiritual de quien evangeliza. Ante todo, debe hacerlo desde dentro de la comunidad creyente, a la que se dirige y de la que forma parte él mismo, habiendo recibido el ministerio de ayudar a los demás a acoger y entender la doctrina. Comunicar desde dentro significa dejarse involucrar por el mensaje propuesto; significa amar a los destinatarios, sin cerrarse en determinados grupos exclusivos o de simpatizantes; significa sintonizar con sus necesidades y con las circunstancias concretas, aplicando por tanto la "lectura de los signos de los tiempos"; significa ponerse en actitud de servicio, pues el evangelizador no es dueño de la doctrina (o de la Palabra de Dios) sino servidor suyo y de los destinatarios, auditor atento de la misma Palabra.(87) En suma, se supone en el evangelizador una asimilación de lo mismo que comunica, pues él es un testimonio, un mensajero vivo y comprometido que se siente unido a Dios, de quien habla, y a los destinatarios a quienes habla.(88)

Hay que estar pues en conexión con la Fuente: «La Pía Sociedad de San Pablo —decía el P. Alberione, en un texto que ya hemos recordado— saca y recaba su doctrina, su piedad, su apostolado del Maestro divino, pontífice y apóstol. Los estudios científicos conducidos con inteligencia y amor servirán a esclarecer cada vez más cuanto las Constituciones dicen esquemáticamente. La luz que parte del Divino Maestro concierne a toda la ciencia natural y sobrenatural; el mundo creado según el designio del Verbo, la revelación, la enseñanza de la Iglesia, Maestra, son manifestaciones de Dios-Verdad. Del centro partirán los rayos que iluminan a todo apóstol. Como dijo de sí Jesús: Yo soy la luz del mundo, así les dijo a los apóstoles: Vosotros sois la luz de mundo; ello en unión y dependencia de Él, que era la luz verdadera».(89)

Esta involucración radical del evangelizador con el mensaje y, en el fondo con Quien le ha llamado y enviado, está en la base de la intuición fundacional del P. Alberione: «Pensaba al principio en una organización católica de escritores, técnicos, libreros, distribuidores católicos; y dar orientaciones, trabajo, espíritu de apostolado... Pero pronto, hacia 1910, con una mayor luz, dio un paso definitivo: escritores, técnicos, propagandistas, sí; pero religiosos y religiosas. Por una parte llevar hombres a la más alta perfección —la de quien practica también los consejos evangélicos— y al mérito de la vida apostólica. Por otra parte dar más unidad, más estabilidad, más continuidad, más sobrenaturalidad al apostolado. Formar una organización, sí, pero religiosa, donde las fuerzas están unidas, donde la entrega es total, donde la doctrina será más pura» (AD 23-24).

Una doctrina "nuestra", no porque nos la inventemos, sino por haberla recibido y asimilado, a ejemplo de San Pablo: «Él vivió los dos preceptos del amor, a Dios y al prójimo, de una manera tan perfecta que transparentó en sí a Cristo mismo: Vivit vero in me Christus" [Gál 2,20]. ...Si San Pablo viviera, continuaría ardiendo en aquella doble llama de un mismo incendio: el celo por Dios y por su Cristo [cfr 2Cor 5,14], y por los hombres de cualquier pueblo. Y para que le oyeran subiría a los púlpitos más altos [cfr Flp 1,18] y multiplicaría su palabra con los medios del progreso actual: prensa, cine, radio, televisió.(90)

El apóstol busca la identificación con Quien le envía ("Mihi vívere Christus est") y se realiza supeditando todos los aspectos de la propia persona a la misión recibida, que de esta manera no se queda en mera actividad superficial o periférica, si puede decirse así, sino que constituye el quicio, el baricentro de la propia vida.

Esta focalización la encontramos clarísimamente en Don Alberione; él todo lo pone a servicio de la misión:(91) la acumulación de conocimientos personales: lecturas, estudios, los escritos prefundacionales Apuntes de teología pastoral y La mujer asociada al celo sacerdotal; sus experiencias ministeriales: predicación, conferencias, iniciativas sociales, inclinaciones, sus "antenas" abiertas siempre al Magisterio y a la realidad circunstante; también la vivencia profunda en la oración, en la relación con Dios, en el esfuerzo por mejorar... Todo lo dirige y concentra en la vocación-misión recibida y lo consigna a sus primeros seguidores como patrimonio o fondo capital.(92) Apoyados en eso, estamos llamados a crecer continuamente ("progresar un poquito cada día")(93) en los varios elementos-quicio orientados siempre a la misión específica. La Piedad, el Estudio, la Comunidad son para el apostolado, sin que ello signifique disminuir (y tanto menos negar) la importancia de estas componentes, sino que todo queda aglutinado vitalmente.(94)

A este respecto encontramos afirmaciones que no dejan lugar a dudas. Así, hablando de la Piedad (volveremos sobre este punto luego), el P. Alberione recuerda que todo el bagaje de prácticas que había aprendido en el seminario diocesano de Alba (por ejemplo las "devociones" de la primera semana del mes), «las introdujo en la recién iniciada Familia Paulina: sólo las acomodó a la necesidad particular, haciendo sitio a la devoción a San Pablo y al Divino Maestro.(95) [...] La devoción a la Regina Apostolorum ya estaba inculcada antes en el seminario: bajo su patrocinio se tenían las conferencias de pastoral (1910-1915), la clase de sociología, los primeros pasos de los neosacerdotes en el ministerio. [...] Con el consentimiento del Obispo, Alberione había introducido en el seminario: la comunión diaria, el retiro mensual, la adoración de los primeros viernes de mes, una segunda misa los domingos. Visto el buen resultado, enriqueció con ello la Familia Paulina» (AD 180, 181, 184).(96)

También Estudio y Apostolado están estrechamente entrelazados, como medio y fin. Atesorando la propia experiencia, el P. Alberione considera toda su preparación intelectual como una propedéutica a la misión y subordina a ésta cuanto el Señor quiera conceder a la Familia Paulina en el campo de los estudios: «Me he empeñado en conseguir —dice— en cuanto a la ciencia, aptitud para enseñar la doctrina cristiana; ahora, para todo lo que falta, que es la mayor parte, creo que puedo contar con la promesa divina: El Señor da la palabra a los que la anuncian (Sal 67[68],12). El 30 de junio de 1906 recibió una luz especial. Esta riqueza [del progreso en el estudio con vistas al apostolado] la dará Dios a la Familia Paulina en la medida de la correspondencia a su misión» (AD 199-200).(97) Esta subordinación del estudio a la misión resulta diáfana: «El estudio, para el paulino/na, tiene como finalidad inmediata el apostolado, que es ya un "sacerdocio regio".(98) [...] Nuestro Instituto es docente, y elabora sus verdades y la enseñanza de la Iglesia para presentarlas a las almas con la palabra y con los medios técnicos» (UPS II, 171).(99)

Otro tanto cabe decir en lo tocante a la Comunidad: el P. Alberione, urgido por el celo apostólico, percibió enseguida la necesidad de actuar no solo sino «con almas generosas... asociadas en organización» (AD 17).(100) Tratando luego de concretar, con mayor luz, como ya vimos, decidirá el "paso definitivo": «De la organización a la vida comunitaria-religiosa» (AD 23-24).(101) Sucesivamente, a lo largo del itinerario fundacional, le tocará hacer esfuerzos enormes para adecuar las estructuras canónicas (de suyo bastante fixistas) a las novedades y exigencias de lo que él quería dar a la Iglesia y a la sociedad.(102) No siempre logrará encontrar el punto justo de sutura, pero no renunciará de ningún modo a su intuición-inspiración original. Lo dijo expresamente en más de una ocasión (antes que el Vaticano II empujara fuertemente más allá: cfr PC 8c): «Para muchos clérigos regulares, y también para nosotros, la vida comunitaria nació del apostolado y en vista del apostolado. Este carácter de sociedad supeditada a un fin, comprende ciertamente el bien de los miembros; pero a la vez la misma observancia de la vida conventual adopta una organización que tiene cuenta de esto: estamos al servicio de almas, somos religiosos-apóstoles; dar cuanto se ha adquirido, a ejemplo del Maestro divino» (UPS I, 285).(103)

Puede concluirse, por tanto, diciendo que el apostolado, o sea el ejercicio de la misión específica, viene a constituir el condensado de la vida del paulino: «Todo el hombre en Cristo, para un total amor a Dios: inteligencia, voluntad, corazón, fuerzas físicas. Todo, naturaleza y gracia y vocación, para el apostolado» (AD 100).(104) «La vida paulina tiene de hecho pocas mortificaciones externas—constataba el P. Alberione desde los primeros tiempos—, pero requiere una continuidad de sacrificios: los apostolados constituyen realmente una carga muy pesada. Se requiere hábito de sacrificio y generosa entrega» (AD 38). Idea reafirmada con claridad cuando, hablando del trabajo, decía: «Verdadera vida es cumplir una misión...».(105)

Por eso las Constituciones y Directorio (art. 66) afirman: «Nuestra comunidad está caracterizada por la vida apostólica, que "pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa" (PC 8b). Todo, desde la práctica concreta de la vida fraterna hasta la consagración, la formación humana, espiritual, intelectual y profesional, y asimismo las estructuras de gobierno y de administración, todo está supeditado a nuestra vocación apostólic.(106)

Semejante planteamiento no es meramente "funcional"; no se limita a afirmar que los varios elementos "sirven" o favorecen la misión (si bien este aspecto es real); sino que alcanza profundidades mucho más basilares: el concepto de "misión", entendido bíblica y teológicamente, no toca sólo el hacer sino que lleva consigo el ser del enviado y en cierto modo incluso el del enviante:(107) constituye un todo único, superando, pues, la tan cacareada antinomia entre ser y obrar (aunque sin resolver, eso sí, las tensiones o problemas concretos debidos a la limitación humana). Por otra parte, la misma Iglesia tiene como razón histórica de su ser la evangelización (cfr EN 14), es decir el anuncio y testimonio del Evangelio que ella debe realizar en el mundo mediante cuanto dice, hace y es.(108)

El decreto Ad gentes ofrece al respecto una indicación muy profunda, cuando dice (n. 2): «La Iglesia peregrinante es, por su propia naturaleza, misionera, puesto que tiene su origen en la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre».(109) Cuando la Iglesia, a la escucha de la Palabra y de las necesidades del mundo, se interroga sobre su proprio ser (fue Pablo VI quien lanzó la pregunta de grueso calibre: "Iglesia, ¿qué dices de ti misma?"),(110) no puede dejar a parte el proprio obrar: ha de tener en cuenta cómo realiza la misión que Dios le ha confiado.(111)

Análogamente, el P. Alberione pone en estado de discernimiento o examen de conciencia su institución en contexto de apostolado: «La Pía Sociedad de San Pablo se cuestionará a menudo: "¿Ad quid venisti?" Lleve siempre a los intelectuales en el corazón; el Evangelio es cosa divina y en el fondo se ajusta a todas las inteligencias; es capaz de responder a todos los interrogantes de los hombres de todos los tiempos. Si se conquista a los intelectuales, se pesca con la red y no sólo con el anzuelo» (AD 197).

Esta consideración nos sirve ahora para introducir otro tema-base en nuestra reflexión: la amplitud de nuestro apostolado, en relación a la misión de Cristo Maestro (cfr Sal 2,8; Jn 6,37; 13,3; 16,15; Col 3,11; Heb 2,8; 13,8). (regrese al sumario)

Sigue: El libro "Apostolado de la Prensa", manual directivo de formación y de apostolado - 2 -

Regrese al Sumario

 

 Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

Home page | Alberione | Familia Paulina | Sociedad San Pablo | Correo