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JESÚS MAESTRO EN EL NUESTRO APOSTOLADO
SECUNDO DON ALBERIONE


Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Teófilo Pérez ssp

 

I. El P. Alberione vivió para realizar una misión específica

4. Jesús Maestro, quicio de la obra del P. Alberione

Llegados a este punto de la narración o memoria de nuestros orígenes, podemos ver más de cerca y en profundidad cuál ha sido el fundamento (cfr 1Cor 3,11) que el P. Alberione ha puesto en su obra. No es otro sino Jesús Maestro, del cual el apostolado (en la diversidad de las varias fundaciones) tiene origen, objeto o finalidad y método.

a) Su origen, porque de Cristo y en vista de Cristo arrancó la primera inspiración del P. Alberione. En presencia de Jesús Eucaristía, sintió él íntimamente la invitación «Venid todos a mí» (AD 15), y la acogió como una llamada a «hacer algo por el Señor y por los hombres del nuevo siglo...». Esta acción a favor de los hombres se concretará en poner al servicio del Evangelio todos los medios, particularmente los más poderosos de la comunicación social, a partir de la prensa, para continuar en el tiempo la misión docente del mismo Cristo.

La insistencia del P. Alberione al respecto ha sido martilleante. Recordemos algunos breves textos que reafirman esta su convicción, vivida intensamente por él: «¡Vuestra misión es hermosa! Porque es la misma misión de Cristo. Estáis asociadas a él: "Esta es la vida definitiva, que conozcan al Padre y a Quien fue enviado por él para amaestrar a los hombres" (cfr Jn 17,3). Jesús vino del cielo para esto. Estáis asociadas a su obra de redención y salvación de los hombres. Estimad esta misió.(40) «La Pía Sociedad de San Pablo —escribía en 1952— deriva y recaba su doctrina, su piedad, su estudio del Maestro Divino, pontífice y apósto,(41) y enlaza enseguida su discurso a uno de los pasos evangélicos donde se afirma la identificación del apóstol con Quien le envía: «Del centro partirán los rayos que iluminan a todo apóstol. Como Jesús dijo: "Yo soy la luz de mundo", así dijo a los apóstoles: "Vosotros sois la luz del mundo"; y ello en unión y dependencia de Él, que "era la luz verdadera"».(42) Sobre esta frase evangélica volverá a menudo como para subrayar la única fuente de luz que debe ser irradiada con nuestro apostolado.

Después de una visita en Oriente, a las casas de Japón, Filipinas e India, el P. Alberione siente aletear el Espíritu misionero de Pentecostés, y constata con íntimo gozo: «Jesús está presente eucarísticamente en nuestras casas; es el Maestro Divino que quiere confortar, sostener, iluminar: nosotros recibimos y damos por medio del apostolado, trámite los medios más rápidos y eficaces. Dice en efecto el Divino Maestro: "Yo soy la luz del mundo"; y añade: "Vosotros sois la luz del mundo". Él es la luz: nosotros la recibimos y la reflejamos sobre las almas. El Señor se ha dignado hacernos partícipes, más aún, dejarse sustituir visiblemente en su ministerio de Maestro de la humanidad. [...] ¡Confianza en el Señor y en el apostolado! Nuestras casas comienzan entre notables dificultades de varias clases; pero es consoladora la aseguración "No temáis, yo estoy con vosotros"».(43) En el opúsculo "Amarás al Señor con toda tu mente", escrito entre 1954 y 1955, el P. Alberione enumera algunos "Principios" en los que desarrolla esta línea: Jesús es el único Maestro, el paulino es su continuador; y de nuevo vuelve al texto de la luz compartida con Cristo: «Como el Padre me ha mandado a mí, así os mando a vosotros. Yo soy la luz del mundo. Vosotros sois la luz del mund.(44)

b) En el Divino Maestro el apostolado paulino tiene su objeto, pues se trata de "vivir de Cristo y darlo a todos" con todos los medios (cfr AD 93-94, 100, 186...), considerando fundamento de todo a Quien asegura su presencia, «Yo estoy con vosotros...» (AD 16) y da eficacia a la obra. El paso de Cristo Maestro origen a Cristo objeto del apostolado es casi imperceptible, de puro lógico y obligado.

«Nuestro Instituto es docente —decía el P. Alberione a la Comunidad de Roma en 1948—, pues mira a dar a Jesucristo al mundo, es decir su doctrina, su moral su culto. [...] El Cristo seccionado no nos restaura; el Cristo completo es resurrección, vida y salvación para todo el mund.(45) En un retiro del mismo año, Don Alberione reafirmaba que el elemento indispensable del apostolado paulino es el mensaje-Cristo, mientras resulta relativo el medio, que puede cambiar según los tiempos: «En el Instituto está inscrito este fin particular: dar a conocer a Jesucristo, su doctrina, su culto. La prensa puede reducirse con la entrada del cine y de la radio, pero permanece siempre el cometido de dar a conocer a Jesucristo. La Iglesia camina, caminemos con ella; el medio nos lo dará el tiempo, el ingenio humano, la Providencia divin.(46)

«Nuestro Instituto tiene una misión: dar a conocer en el mundo a Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida, viviente en la Eucaristía, en el Evangelio, en la Iglesia, y también en la Congregación, pues ésta tiene el oficio de enseña.(47) «El Señor ha hecho a la Congregación el don, tan precioso, de comprender al Maestro Divino, por lo menos en cierto límite, de un modo pequeñito y de tener la tarea u oficio de darlo así a las almas. No desaprovechemos esta gracia, una de las más preciosas otorgadas a la Familia Paulin.(48) «Todo está en esto: vivir de Jesús Maestro, Camino, Verdad y Vida; y darlo en caridad a las poblaciones carentes de él y que tienen hambre de él: entregarles el Cristo total Camino, Verdad y Vida, de modo que los nuestros puedan decir: "No tenemos ni oro ni plata; os damos en cambio lo que tenemos: Jesucristo, su moral, los medios de gracia y de vida sobrenatural"». (49)

«El fruto de nuestro apostolado —decía también a la Comunidad de Roma en 1959— es proporcional a esto: presentar a Jesucrist.(50) Y presentarlo y darlo íntegro.

Los Documentos Capitulares 1969-1971, recogiendo lo más granado de la enseñanza y vivencia del P. Alberione, resumen así (en los nn. 141-142) el objeto de nuestra predicación: «El Cristo entero, esto es, el Maestro —en cuya palabra reveladora actúa, da y cumple todo lo que dice y promete— constituye el contenido global y comprensivo de todo otro contenido de nuestra predicación mediante los m.c.s. [...] Tal visión... ha iluminado siempre el pensamiento y la obra de nuestro Fundador; ha determinado su esfuerzo de integralidad al indicar los contenidos del apostolado (cfr "Apostolado de la Prensa", pág. 3). Su misma doctrina acerca de la "unificación de las ciencias" se mueve en la perspectiva paulina del "misterio de la piedad" (1Tim 3,16) y de la "recapitulación" (Ef 1,10)... Objeto de nuestra predicación específica es, pues —recalca el n. 145— Cristo en su función de Salvador del hombre o, lo que es lo mismo, Cristo en la historia de la salvación. Todo lo que entra en este objeto, entra en cuanto es Jesucristo mismo o tiene relación con él. Ninguna actividad humana, por tanto, ninguna realidad..., ninguna iniciativa... nada de todo eso puede considerarse extraño a los contenidos de nuestro apostolado».

c) Por fin, el método o paradigma de nuestro apostolado es Cristo Maestro, porque Él es el "modelo" tanto para la vida de todo apóstol (cfr AD 97-98) como para el modo de comunicar pastoralmente con las personas (cfr AD 82). Actitud que se identifica con el amor:(51) «Habrá que emplear preocupación y vigilancia —escribía Alberione en 1936— para que el apostolado se mantenga en la altura pastoral que se da en las Cartas de San Pablo. El amor a Jesucristo y a las almas nos hará distinguir y separar lo que es apostolado de lo que es industria y comerci.(52)

Decía en Ariccia en 1960: «Nuestro apostolado se funda en Jesús Maestro. Éste "recorría todas las ciudades y aldeas enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino" (cfr Mt 9,35). Su palabra era sencilla, clara, aun cuando enseñaba doctrinas elevadas. Adaptaba su enseñanza a las necesidades de cada auditorio. [...] Y quiso que hicieran igual sus apóstoles» (UPS IV, 140).(53) «El Instituto se ha inspirado siempre en la pastoral —decía en 1964— y ello antes de que se iniciara la Familia Paulina; luego se ha hecho comprender que junto a la palabra predicada oralmente era necesaria la palabra predicada con los medios técnicos. Por tanto, el espíritu pastoral vivifica los medios técnicos para la pastoral. [...] El espíritu pastoral interior [...] consiste en el amor a las almas. Por una parte supone el empeño que todo religiososo/religiosa pone en dedicarse a la santificación; por otra, supone el ejercicio del apostolado. [...] La pastoral se manifiesta luego externamente en la activida.(54)

De este espíritu pastoral forma parte también el apremio de llegar al hombre entero. Así lo expresan los Documentos Capitulares 1969-1971 en el n. 144: «Una de las mayores insistencias de nuestro Fundador es precisamente esta necesidad de "llegar a todas las facultades del hombre", es decir, nutrir la mente, la voluntad, el corazón... "Nosotros —decía— tenemos que llevar el hombre entero a Dios. No podemos hacerle cristiano sólo en la mente, en los sentimientos, en la oración o en las obras. Es necesario que viva en Jesucristo con todo su ser y en todo su ser". Pablo VI (en su Mensaje al Concilio, el 7 dic. 1965) diría que "es la persona humana la que hay que salvar; es la sociedad humana la que hay que renovar; es, por consiguiente, el hombre, pero el hombre todo entero, cuerpo y alma, corazón y conciencia, inteligencia y voluntad (cfr GS 3), el hombre en su integridad, el que habrá que conducir a Cristo para que lo salve... El fin supremo y en cierto modo único de la comunicación social es el de formar, edificar y salvar al hombre"». (regrese al sumario)

5. La herencia del apostolado para los hijos e hijas del P. Alberione

La misión es siempre más larga que la vida de un hombre, aunque sea longevo. No basta poner en marcha la misión, hace falta dar a la vida apostólica "unidad, estabilidad" y, sobre todo, "continuidad": una preocupación que encontramos muy viva en los comienzos del designio alberoniano (cfr AD 24), y que le acompañará ininterrumpidamente como manifestación de la propia responsabilidad asumida ante Dios, la Iglesia, los propios hijos e hijas. Éstos le habían sido dados por el Señor como ratificación de la misión: eran la prueba de la asistencia divina: «Tú puedes equivocarte —tuvo cierta luz un día en la oración—, pero yo no me equivoco. Las vocaciones vienen sólo de mí, no de ti: éste es el signo externo de que estoy con la Familia Paulina» (AD 113). El P. Alberione tomó muy en serio el empeño de cuidar las vocaciones florecidas a su alrededor,(55) tanto que en momentos de salud debilitada presentó su gran duda al director espiritual: «Temo cometer una gran imprudencia reuniendo personas para una misión con serio peligro de abandonarlas a mitad camino. Se le respondió: El Señor piensa y provee mejor que tú: sigue adelante con fe» (AD 112).

Por eso, llegado a una cierta edad, casi "invitado", como Moisés (cfr Núm 27,12), a subir a la montaña para contemplar todo el arco de la vida, las metas alcanzadas, pero también todo el camino por recorrer en perspectiva histórica de continuidad, y viendo que las propias fuerzas ya no le respondían, el P. Alberione delega, empuja a los suyos a tomar las riendas. Como a cualquier pionero también a él le es necesario decir: "he cumplido el tramo asignado de la misión que se me confió" (el "cursum consummavi" de Pablo: 2Tim 4,7) y por tanto ir poniendo en marcha sucesores que la continúen. Él, que siempre había hecho hincapié en la organización, en el trabajar juntos, en la comunidad y en la unión de las fuerzas,(56) quiere dejar a los suyos esta lección para el futuro.

A ellos, a cuantos «han creído en la particular misión que el Señor me confió»,(57) a los seguidores (prácticamente a todos los paulinos/as del futuro, tras haber agradecido y alabado a los de la primera hora: cfr AD 205-206) el P. Alberione quiere dejar en herencia parte de su espíritu o carisma, deseando que el Señor (como sucedió en el caso de Moisés: cfr Núm 27,12-22; Dt 31,1-8) lo distribuya entre los colaboradores, y la obra emprendida prosiga por parte de todos, "lanzados adelante". En efecto, en la circunstancia del I Capítulo general (abril 1957), se expresó así: «El gran deber de esta hora es dar a la amadísima Congregación un Superior general dotado de las cualidades requeridas por las Constituciones; y tratar los argumentos y, con la luz del Espíritu Santo, tomar las decisiones mejores para el Instituto. [...] El Capítulo ha cumplido su tarea, y su fruto —constataba al final— ha superado cuanto cabía esperar; servirá para todos los paulinos; será la base sobre la cual edificar. [...] Se trataba de evaluar cuarenta y tres años de vida. El Capítulo ha realizado un buen examen de conciencia acerca del espíritu [de la Congregación] y lo ha aprobado por voz de los cohermanos representantes de hermanos, santificados por un buen curso de Ejercicios. El espíritu con que nació y creció la Congregación ha recibido el definitivo respaldo. Otros Capítulos sucesivos tendrán el cometido de hacer crecer el buen árbol, plantado junto al curso de las aguas eucarísticas: recogerán más frutos abundantes. Por todo ello ¡benditos sean Jesús Maestro, la Regina Apostolorum, San Pablo apóstol!».(58)

Estas consignas las presentó el P. Alberione repetidamente, pues las generaciones no sólo se suceden sino que se entrelazan, se sobreponen unas a otras, conviven en un tramo de tiempo; se da por tanto una contemporaneidad en la "sucesión": el anciano pionero no posee el monopolio durante un determinado período de años, sino que lo comparte con otros. Desde siempre, el P. Alberione había confiado grandes responsabilidades a los suyos, aun manteniendo él personalmente la dirección última. Por ejemplo, al recibir la aprobación diocesana la Pía Sociedad de San Pablo, en 1927, cuando el obispo de Alba le nombró Superior general y le dio el título de "Primer Maestro", el P. Alberione constituyó el Consejo de la Congregación y encargó a cada uno de los cuatro Consejeros, jovencísimos, un área de la vida congregacional (las célebres "cuatro ruedas"): la parte moral, la parte de la prensa, la parte de los estudios, la parte económica.(59)

La posible entrega de consignas llegaría oficialmente mucho más tarde (como apuntamos antes), en abril de 1957, cuando se celebró efectivamente el I Capítulo general (tras haberlo anunciado desde 1946). En ese "momento solemne", el P. Alberione inició así su discurso: «¡Bendito sea Jesús Maestro, bendita la Regina Apostolorum, bendito San Pablo, que nos han criado a lo largo de cuarenta años y nos han preparado este día y este encuentro fraterno, tan deseado!». Y añadió: «Cumplo en estos días lo publicado en la circular de convocación del presente I Capítulo General. En nombre de Dios, el Instituto pasa a vuestras manos, que son buenas manos. El Instituto tal como es: con su ser, riquezas, dificultades, defectos, finalidad, medios, miembros. [...] Agradezco a todos los hermanos que han creído en la particular misión confiada claramente a mí por el Señor; han obrado de tantas maneras, con la plena entrega de sí mismos; tuvieron la humildad de soportarme durante tantos años. Estoy agradecido en especial a los cohermanos de la primera hora; y a quienes han abierto las casas en el extranjero, dedicándose a ello con los sacrificios del comienz.(60)

Los capitulares, con votación altamente unánime, renovaron la total confianza en el Fundador, eligiéndolo Superior general por doce años (a pesar de su edad avanzada: 73 cumplidos).(61) Él continuó por tanto a llevar el creciente peso de sus cada vez más numerosas familias y las relativas obras, tan apremiantes y extendidas ya por los cinco continentes. Sólo hacia 1964, cediendo a la carga de la edad y de la enfermedad, se vio obligado a pasar las mayores responsabilidades de gobierno en manos de su Vicario general y Delegado ad omnia.

Los últimos seis-siete años (desde 1964 a 1971) los vivió en un progresivo desgaste de salud, pero acrecentando aún el patrimonio de Familia en el retiro y en el sufrimiento,(62) así como en la oración ininterrumpida, considerada por él como un "trabajar con las rodillas". Habiendo enseñado a los suyos «Todo lo que podáis hacer, hacedlo y si no podéis hacerlo, hacedlo con la oración», mantuvo hasta el final este dinamismo profundo. «¡Pero yo rezo!», repetía a quienes le visitaban en los últimos tiempos como para decir: "no puedo hacer otra cosa, pero sí rezar y lo hago de corazón". En su "Testamento religioso" (escrito el 6 de agosto de 1967 y ratificado el 19 de marzo de 1968) insiste en los puntos-base de la vida paulina: «Queridos miembros de la Familia Paulina, al separarnos temporalmente, con la confianza de reunirnos eternamente todos. Agradezco a todos y todas la paciencia usada conmigo; pido perdón de cuanto no he hecho, o hecho mal. Estoy seguro de que la orientación dada es sustancialmente conforme a Dios y a la Iglesia. De infinito valor, como vida y devoción, [es] Jesucristo Divino Maestro, Camino, Verdad y Vida; que ilumine todo el perfeccionamiento religioso y el apostolado. [...] Seguid siempre a San Pablo Apóstol, maestro y padre; seguid, amad y predicad siempre a María nuestra Madre, Maestra y Regina Apostoloru.(63)

Algunas de las últimas palabras inteligibles que brotaron de sus labios fueron «Rezo por todos», juntamente con gestos bendecidores. De tal modo cerraba, en el signo de la relación orante con Dios, la obra que había iniciado (como intuición y propósito) en la prolongada vigilia eucarística ante el Divino Maestro en los primerísimos albores del siglo XX. (regrese al sumario)

Sigue: El libro "Apostolado de la Prensa", manual directivo de formación y de apostolado - 1

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 Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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