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JESÚS MAESTRO EN EL NUESTRO APOSTOLADO
SECUNDO DON ALBERIONE


Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Teófilo Pérez ssp

 

Notas

72 En SP de nov. 1950 amplía este concepto, escribiendo: «Tenemos en la Iglesia la enseñanza escrita y la enseñanza oral, en la Biblia y en la Tradición. Igualmente tenemos la predicación de la palabra de Dios hablada y la predicación impresa. La prensa como apostolado tiene por objeto la fe, la moral, el culto, si bien en una dimensión muy amplia. Se inspira en la doctrina de la Iglesia: las fuentes remotas son la Escritura y la Tradición. Se dirige a todo hombre, fiel e infiel; incluso a los analfabetos mediante las ilustraciones» (cfr CISP 803). «... La Palabra de Dios es una expresión corriente y familiar en el lenguaje de los cristianos. Según la historia de las religiones, desde siempre se reconoció a la palabra gran poder. La experiencia y la convicción de los creyentes es que Dios expresa por la palabra su propósito, da a conocer su voluntad y encamina las cosas hacia sus metas respectivas. La palabra de Dios tiene, pues, dos suertes de valor: uno informativo (función noética) y otro transformador (función dinámica). El término hebreo dabar significa al mismo tiempo palabra y realidad. La palabra vivió por largo tiempo en la tradición oral. Después se fijó por escrito: surgió la Escritura. La tendencia objetivadora de la palabra fue en aumento y, en esa dirección, su fijación escrita representa un paso decisivo. Se habla de la palabra con imágenes sólidas, como un fuego o un martillo (Jer 5,14; 23,29), un rollo que el profeta recibe (Ez 2,9), el profeta "tiene la palabra de Yahvé" y siente todo su peso en la propia vida (2Re 3,12; Jer 20,8), el salmista confía en ella (Sal 119,81). La fijación escrita (o grabada) de ciertas palabras importantes, como decálogos o pequeños libros de leyes, está documentada desde antiguo. Desde un momento dado, cuando se habla de la palabra, se entiende que es la palabra escrita (Dt 13,1). Poner por escrito la palabra es como retener un poder vivo. Muchas veces se intentará usarlo mágicamente: es un riesgo al que la palabra está expuesta. Por lo demás, poner por escrito es garantizar la permanencia de un valor que no pertenece sólo al pasado: tiene capacidad para guiar la vida del hombre hacia el futuro. La Biblia comienza a regir como Escritura con "el libro de la ley", en tiempo del rey Josías (2Re 22,8ss); se acrecienta con el libro que puso Esdras como base de la comunidad postexílica, y luego se completa con otros libros, integrando "las Escrituras" que se cumplen en el acontecimiento de Jesús. Para el cristianismo, la Escritura es la norma de vida, teniendo a Cristo como principio hermenéutico. La Biblia nació como expresión de la vida de una comunidad y, nacida, se convirtió en su alimento. La Biblia es fruto de un diálogo que sostuvieron con Dios los creadores de la comunidad, prestando atención a los acontecimientos de la historia. La Iglesia nació en torno a la palabra, el logos de Dios, y su vida radica en seguir naciendo de esa fuente. La vigencia de la palabra está en la vida que ella misma alimenta en la comunidad de los creyentes: sin Iglesia viva no habría Escritura (¿y viceversa?). "Guardar el depósito" no se consigue aferrándose fanáticamente a la letra, sino convirtiendo su espíritu en vida. La palabra de la Biblia es la fuente de la doctrina de la Iglesia; pero doctrina y verdad entendidas no tanto en sentido noético cuanto en sentido dinámico, como fuerza que genera vida y la sustenta. Aquí es donde se puede comprobar si la palabra es verdadera, es decir, efectiva y fiel a la esperanza que suscita. La verdad tiene como sinónimos, en el dicho de Jesús, el camino y la vida: en el camino de la vida es en donde se hace real y se acrisola la verdad de la palabra. Los testigos fiables son los que viven de ella» (cfr A. González Núñez, Palabra de Dios, en Conceptos..., 937-956). (regrese al texto)

73 Pláticas del Revmo. Primer Maestro [años 1952-1955], citadas en R. Espósito, Teología de la publicística, EP Roma 21972, 19 (hay también ed. esp.). (regrese al texto)

74 Con más fuerza aún recalcará ese concepto Pablo VI en la exhortación Evangelii nuntiandi: En nuestro siglo, marcado por los mass media o instrumentos de c.s., el primer anuncio, la catequesis o la ulterior profundización de la fe, no pueden prescindir de estos medios [...]. Ellos, puestos al servicio del Evangelio, son capaces de extender casi al infinito el campo de escucha de la palabra de Dios, y hacen llegar la buena nueva a millones de personas. La Iglesia se sentiría culpable ante su Señor, si no usara estos poderosos medios, que la inteligencia humana va perfeccionando cada día más; sirviéndose de ellos, la Iglesia "predica desde las azoteas" (cfr Mt 10,27; Lc 12,3) el mensaje del que es depositaria; en ellos se da una versión moderna y eficaz del púlpito. Gracias a ellos logra hablar a las muchedumbres» (n. 45). En este párrafo encontramos una terminología típicamente alberoniana: «La máquina [de imprimir], el micrófono, la pantalla son nuestro púlpito; la tipografía, los estudios de producción, de proyección y de transmisión son como nuestra iglesia» (San Paolo, feb. 1952; cfr CISP 832; Pensamientos, ed. esp., n. 346). Textos parecidos son muy frecuentes. Recordaremos uno particularmente expresivo, tomado del capítulo IX (pág. 41 del libro en examen), titulado "El trabajo material en el Apostolado de la Prensa", una especie de "canto de las criaturas": en él se da un significativo acercamiento de los "medios modernos" a las demás "realidades terrenas" que tradicionalmente han constituido la "materia sacramental": «Las criaturas deben someterse y servir al hombre; éste, luego, si obra rectamente, las pondrá al servicio de Dios. Máximamente hace esto el Apostolado de la Prensa, que pone al servicio del Evangelio de Jesucristo tanto las criaturas como uno mismo. En Jesucristo todo viene restaurado y recibe nueva misión, nuevo sentido, nueva potencia para gloria de Dios y paz de los hombres. Nunca las criaturas han estado tan movilizadas y ennoblecidas en el curso de los siglos; ellas han concurrido a formar a Jesucristo en las almas, como el agua en el Bautismo. Verdaderamente todo ha sido redimido en Cristo; verdaderamente donde abundó el delito, por la rebelión de las criaturas, sobreabundó la gracia por la obediencia de Jesucristo. La radio y el teléfono para recoger las verdades y los hechos; la linotipia, la monotipia y el grabado para la composición; la rotativa, la calcografía y la heliotipía para la impresión; la confección mecánica y la organización postal y aérea para la difusión son ejemplos que explican que la caridad del apóstol convoca a todas las criaturas a reverenciar y alabar a su Creador: "Benedícite omnia ópera Dómini Dómino!"» (cfr R. Espósito, La teología de la publicística, 21972, 184; y la correspondiente pág. de la ed. esp.). (regrese al texto)

75 «Hay que llevar todo el Cristo al hombre y dar todo el hombre a Dios, por Jesucristo» (UCAE dic. 1959, 10; citado en Doc. Cap. n. 139). (regrese al texto)

76 Relacionada de algún modo con este trinomio, era bien conocida la "sagrada tríada de la retórica clásica", que presentaba los elementos en otro orden, quizás más psicológico: pathos, ethos, pragma: motus, mores, doctrina: corazón, voluntad, mente, privilegiando frente al conocido adagio aristotélico-escolástico "nihil volitum quin præcógnitum", el aforismo neoplatónico-agustiniano "no te hubiera conocido, si antes no te hubiera buscado" (cfr A. del Agua, en Estudios Eclesiásticos, n. 277, [1996] 186; cfr San Agustín, Sobre el evangelio de Juan, en Liturgia de las Horas, jueves XXVIII). (regrese al texto)

77 PrA 88; cfr Vad 1011; también 1023: «Nuestro Instituto es docente. Mira a dar a Jesucristo al mundo, es decir su doctrina, moral y culto». (regrese al texto)

78 «Respecto al mundo, vosotros sois sal, sois luz, sois ciudad situada sobre el monte. Dar en primer lugar la doctrina que salva» (AD 87). (regrese al texto)

79 «En el AP —escribía en enero de 1935—, [la Sagrada Escritura] es tan esencial que con la sola Biblia ya subsiste en sus elementos esenciales; sin ella el AP no puede vivir de ningún modo, aunque a veces se haga algo que toma su apariencia» (UCAS enero 1935, pág. 15; cfr Vad 1057). «La Biblia es el libro que hemos de dar. O lo damos con las películas, o con la prensa, o con la voz que será la radio, o por medio de discos, o por medio de filminas, o de otro modo: usando todos los medios que el Señor nos ha proporcionado. Como nos vestimos y nutrimos de lo que Él ha creado» (PrA, feb. 1933; cfr Vad 1014). (regrese al texto)

80 Evangelización, técnicamente (ver arriba, nota 69) es el primer anuncio del Evangelio como realidad salvadora o buena nueva. Tiene las características del primer pregón (kerygma) que intenta provocar la conversión y la opción global o fundamental de la fe. Es la predicación típicamente misionera, para los todavía no creyentes, es decir los que nunca han accedido a la fe o los que se han alejado prácticamente de ella. Su contenido se centra en Cristo Jesús como Señor y Salvador (cfr J. Aldazábal, Predicación, en Conceptos..., 1059). (regrese al texto)

81 La catequesis es la tarea eclesial por la que se quiere ayudar a los que han aceptado la revelación cristiana, para que vayan profundizando e interiorizando su contenido, discurriendo de modo más o menos analítico por los diversos aspectos de la fe (cfr Ib.). (regrese al texto)

82 Se trata de una instrucción, muy semejante a la catequética, aunque menos metódica, más circunstancial, como puede ser la predicación hecha en una celebración litúrgica (homilía): la explicación de la palabra bíblica escuchada, con la exhortación al fiel de asimilarla en la vida, construyendo de tal modo la propia identidad cristiana. En realidad, los tres géneros de predicación están íntimamente relacionados y muchas veces se completan y confunden. La evangelización debe conducir a un proceso de profundización catequética; la homilía debe ir actualizando el mensaje bíblico y la opción de fe. Pero en el mundo en que vivimos no todos los que acuden a un curso catequético o a una celebración están ya suficientemente evangelizados. Por eso, la catequesis, que en teoría es maduración de lo ya conocido y aceptado, debe muchas veces dedicarse a suscitar la respuesta primera de fe. Y de otra parte, la homilía, sin perder su identidad (introducir al misterio celebrado litúrgicamente), en práctica viene a ser evangelizadora y catequética para quienes acuden a la celebración (cfr Ib., 1060). Todos estos aspectos de la predicación quiere ejercerlos el P. Alberione con los medios más rápidos y fecundos de bien: «Me permito precisar la finalidad específica de nuestra Pía Sociedad de San Pablo: ella mira a hacer con la palabra escrita lo que hacen los predicadores con la palabra hablada» (Informe al cardenal Laurenti, en L. Rolfo, o.c., 165, ed. it.). (regrese al texto)

83 «No hablar sólo de religión, sino de todo hablar cristianamente; como una universidad católica que si es completa, ha de comprender teología, filosofía, letras, medicina, economía, política, ciencias naturales, etc., pero todo enfocado cristianamente, todo ordenado al catolicismo» (AD 87; cfr Vad 1060, 1214). Se roza aquí el tema de la "inculturación", cuya relación con la fe «...es una realidad vieja y un problema nuevo, o más bien un intrincado plexo de problemas nuevos, pues la fe es siempre fe de hombres concretos, en el espacio del tiempo y de la historia: en la cultura [y el mundo de la comunicación hoy se entiende más como cultura que como suma de instrumentos]. "La fe no es una abstracción: tiene corazón, sangre y nervios", decía el cardenal Newmann. "La inculturación—escribió el P. Arrupe— significa encarnación de la vida y del mensaje cristiano en una concreta área cultural, de tal modo que esa experiencia no sólo llegue a expresarse con los elementos propios de la cultura en cuestión (cosa que sería sólo una adaptación superficial), sino que se convierta en principio inspirador, normativo y unificante, que transforma y recrea esta cultura, dando origen a una nueva creación"» (cfr Torres Queiruga, Inculturación de la fe, en Conceptos..., 611-619). (regrese al texto)

84 Cfr Pr [años 1952-1955], citadas en R. Espósito, o.c., 135. (regrese al texto)

85 Las palabras, en latín y con el "quidquid" en vez del original "quæcumque", son las de Pablo en Flp 4,8: «Todo lo que sea verdadero, lo respetable, lo justo, lo limpio, lo estimable, lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso tenedlo por vuestro». (regrese al texto)

86 «Apóstol es quien lleva a Dios en la propia alma y lo irradia a su alrededor. Apóstol es un santo que acumuló tesoros y comunica, de su abundancia, a los hombres. El apóstol tiene un corazón encendido de amor a Dios y a los hombres, siéndole imposible comprimir y sofocar cuanto siente y piensa. El apóstol es un vaso de elección que rebosa, y al que las almas acuden para apagar la sed. El apóstol es un templo de la santísima Trinidad, la cual actúa sumamente en él. En frase de un escritor, el apóstol transpira a Dios por todos los poros con sus palabras, obras, oraciones, gestos y actitudes, en público y en privado, en todo su ser. Vivir de Dios y dar a Dios» (UPS IV, 277; cfr Pensamientos, n. 303). (regrese al texto)

87 Este espíritu de servicio aleja los peligros de prepotencia que los m.c.s. poseen, considerándolos instrumentos al servicio del apostolado y, al mismo tiempo, obliga a observar las leyes propias de cada uno de ellos precisamente para favorecer el apostolado (cfr Doc. Cap., nn. 192-194, 203-205). (regrese al texto)

88 Esto encaja muy bien con la doctrina del seguimiento de Cristo: «...La espiritualidad [del seguimiento] es una ciencia no identificada, o no suficientemente identificada, un concepto sumamente complejo, que varía según la edad, el sexo, los pueblos, el ambiente cultural, la tradición, etc. Por influjo neoplatónico y gnóstico, se introdujo el cultivo del espíritu, autónomamente entendido en oposición al ser corporal. A partir sobre todo del siglo XVII, se subraya de forma unilateral la dimensión más personal e íntima (incluso individual o intimista) de la llamada "vida espiritual", centrándola en la relación interpersonal del creyente con su Dios (en la conciencia subjetiva, al margen del mundo y de la sociedad). Las fuentes bíblicas instan, en cambio, a superar los dualismos, raíz de tantas divisiones unilaterales o reducidas y contrapuestas: cuerpo-alma, materia-espíritu, individuo-sociedad, interioridad-exterioridad, teoría-praxis. Se trata de rescatar toda la riqueza que en sus mismos orígenes tuvo la espiritualidad cristiana, entendida como un caminar según el Espíritu o como la forma concreta de vivir el Evangelio a impulsos del Espíritu. Tal es el concepto de Pablo cuando habla del ser "pneumatikós" (1Cor 2,13-15; 9,11; 14,1), designando sin más la vida cristiana, el ser de la persona conducido por el Espíritu de Cristo, o la experiencia de Dios en el seguimiento de Cristo. Por eso espiritualidad cristiana es "la manera de vivir, bajo la acción del Espíritu, una existencia totalmente creyente, en la cual la vida del Espíritu de Cristo se manifiesta en nosotros a través de las condiciones históricas de la vida concreta". Es una auténtica falsificación confundir en Pablo "carne" con "cuerpo" y "espíritu" con "alma", estableciendo así una especie de antagonismo antropológico regional y fundamentando por tanto una espiritualidad desencarnada. Para Pablo, el antagonismo "carne-espíritu" perfora la totalidad del ser humano. El hombre espiritual es el hombre vivo, liberado todo él de la muerte (y no sólo el alma), liberado de la tendencia de la carne (o sea del egoísmo) que impide amar y conduce a la muerte. Por eso la plenitud de la espiritualidad se realiza en la resurrección: Pablo, en 1Cor 15, habla del soma pneumatikós. P. Richard define así la espiritualidad: "Es adelantar en la fe de la resurrección, es decir, la animación del cuerpo por la vitalidad inmortal del Espíritu Santo. Esta irrupción del Espíritu en el creyente, que lo transforma en cuerpo espiritual liberado ya de la muerte, es la vida según el Espíritu". [...] Es necesario mantener esa tensión bipolar de naturaleza cristológica y pneumatológica: referencia a la historia de Jesús de Nazaret y a la historia que desencadena su Espíritu, incorporando los distintos presentes históricos. El seguimiento de Jesús supone obviamente la unión íntima con él: "asemejarse a él", dejarse informar por sus actitudes de vida y tener sus mismos sentimientos (Flp 2,5), ser como él (1Pe 1,15-16), proceder como él (1Jn 2,6), seguir sus huellas (1Pe 2,21-22). Supone igualmente asumir su causa, es decir, anunciar y hacer presente el reino de Dios como Buena Noticia de salvación liberadora; lo cual requiere entrega y disponibilidad totales, hasta asumir la persecución y la cruz (Mc 8,35; Mt 10,16-18.21-25.38-39; Lc 14,27; Jn 12,24-26). Así pues, la dimensión cristológica: vivir como vivió Jesús; y dimensión pneumatológica: sensibilidad a los signos de los tiempos. La dimensión cristológica entraña: 1º como experiencia-fuente, el encuentro con el Dios de Jesús, conversión, seguimiento, relación continuada; 2º como contenido básico nuclear, la entrega incondicional al reino, el amor que libera para ser-de-los-demás; 3º como espíritu informante, el de las bienaventuranzas (pobreza real de espíritu, limpieza de corazón, entrañas de misericordia, capacidad de comprensión-perdón, búsqueda de la paz por encima incluso de la conflictividad; 4º como horizonte último, la esperanza que genera la fe-confianza en el amor del Padre; 5º como consecuencia histórica, la incomprensión o desprecio, la conflictividad, el rechazo, la persecución y la cruz. Porque, en frase de J.B. Metz, "el cristianismo sólo puede ser radical o lamentable"» (cfr J. Lois, Espiritualidad, en Conceptos..., 420-431). (regrese al texto)

89 SP mayo-junio 1952; cfr CISP 1032. (regrese al texto)

90 SP octubre 1954; cfr CISP 1151; Vad 648; Pensamientos, ed. esp., n. 87. (regrese al texto)

91 En AD podemos encontrar esquemáticamente casi un "inventario" de elementos ("riquezas") que el P. Alberione aporta como bagaje personal para su obra fundacional en ciernes: —la percepción consciente de la situación social con las fuertes corrientes positivas y negativas en acto: nn. 52, 101; —la constatación de los "nuevos medios de transmisión del pensamiento" (hoy decimos "medios de c.s.") que se asomaban potentemente al escenario: n. 54; —la esmerada preparación académica y las actividades sociales desarrolladas en la diócesis: nn. 58-63, 91; —el impacto profundo de la figura de San Pablo, "el santo de la universalidad": nn. 64-65; —las abundantes lecturas hechas para tomar el pulso a la historia: nn. 66-67; —el crisol de la oración intensa, a través del cual pasaban todas las otras experiencias y adquisiciones: nn. 68, 102; —la sensibilidad a algunas manifestaciones artísticas cristianas: nn. 76-77; —el constante trabajo catequético probado en el campo: nn. 78-81; —el espíritu pastoral que le empujaba a enseñar, a escribir (luego a publicar en 1913 Apuntes de teología pastoral) y a estudiar las obras de expertos y válidos pastoralistas: nn. 82-84; —el cultivo de otras disciplinas auxiliares útiles para la predicación: n. 88; —la actividad vocacional preparando el futuro: nn. 103-106, 110; —la dedicación a la enseñanza integral y no sólo académica: n. 107; —la valoración del rol apostólico de la mujer (con la publicación en 1915 de La mujer asociada al celo sacerdotal): n. 109; etc. (regrese al texto)

92 Incluso en el sentido material, el P. Alberione dio todo cuanto podía tener a su familia religiosa. Él mismo decía a los primeros jóvenes reunidos en Alba: «Mientras fui sacerdote secular, tenía una cartera y un portamonedas; pero cuando entré aquí, como por esta familia había que gastarlo todo, dejé cartera y portamonedas y le dije al Señor: "Danos lo que sea necesario"» (MV n. 113; citado por L. Rolfo, o.c., 150 ed. it.; cfr ed. esp. 154-155). (regrese al texto)

 

 Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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