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Cómo presentó el P. Alberione
a las Apostolinas Jesús "el Maestro"


Actas del Seminario internacional sobre
"Jesús, el Maestro"
(Ariccia, 14-24 de octubre de 1996)

por Maddalena Verani ap

 

6. Reflexiones y recuerdos personales

Cuando nacimos las Apostolinas, puede decirse que el P. Alberione había llegado ya a una cierta "síntesis orgánica" de la espiritualidad carismática, cuyo portador y deudor se sentía, si bien él no se detuviera nunca en el trabajo de profundización y explicitación tanto doctrinal cuanto práctica de esa realidad, como resulta del citado "Excursus" del P. Sgarbossa.

Podemos decir, pues, que nosotras no hemos participado en el "desarrollo carismático" de la espiritualidad en sus momentos-clave; nosotras la espiritualidad la hemos recibido quizás como el aire "natural" respirado, el alimento "normal", algo así como vive la criatura en el vientre materno. Cuando el P. Alberione nos hablaba de Jesús Maestro, de Jesús Camino, Verdad y Vida, de María Reina de los Apóstoles, de San Pablo, nos sentíamos sencillamente felices (¡quizás éramos un tanto inconscientes!) por la grandeza y hermosura de la espiritualidad, de la vocación y misión vocacional en la que el Fundador iba formándonos, aun cuando las dificultades no faltasen. Acogíamos con devoto fervor sus palabras, porque eran "la palabra del Fundador", y ello nos bastaba. Esto lo digo de mí, pero, por cuanto recuerdo, la misma impresión tuve de las demás cohermanas de los primeros años fundacionales.

Luego, yendo adelante, y hasta hoy, nos hemos dado cuenta del valor de ciertas afirmaciones del P. Alberione: "Ahora debéis pensar que en la Familia Paulina hay una riqueza de espiritualidad que es un don del Dios grande. No se trata de una espiritualidad cualquiera: es una espiritualidad plena. Por eso se requiere un trabajo ordenado para crecer. Jesús "adelantaba en saber, en madurez y en favor ante Dios y los hombres" (Lc 2,52)".(14) Y añadía: "No puede ser que una tenga una espiritualidad, y otra, otra. Si los confesores, o los predicadores, inculcaran un espíritu diverso del de las Constituciones, entonces tendríamos una división, no de categorías sino de espíritu. Esto vale tanto para los confesores cuanto para los predicadores. Hay maestras de novicias que quieren imprimir su proprio talante, y ello sería un grave error: ¡habría que cambiar enseguida a esas maestras!".(15)

Bajo este punto de vista, el P. Alberione no toleraba ni pretextos ni injerencias. Durante años, pueden contarse por los dedos de una mano los sacerdotes que con él podían ir donde las Apostolinas; tanto que algún Paulino decía bromeando: "Para ir donde vosotras hay que pedir el pasaporte al Primer Maestro". Era verdad. Y el P. Alberione, oyendo tal vez algún comentario, nos explicó varias veces la razón: quería que creciéramos "bien" en la vocación y en la misión específica que el Espíritu, por su medio, estaba dándonos, y en la espiritualidad orientada a una clara y constante connotación vocacional, según nuestro carisma propio. Por esto el Primer Maestro deseaba que afianzásemos bien las bases y pusiéramos a fructificar, bajo su guía, todos nuestros talentos: con la conciencia, por un lado, de su y —sobre todo nuestra— "poquedad", y por otro, de su responsabilidad y autoridad de Fundador. Justamente como su gran modelo San Pablo: "Siervo de Jesucristo, apóstol por llamamiento divino" (Rom 1,1). Nos decía: "Puede que penséis que yo os haya dado una vocación. ¡Ni hablar! Ha sido Dios quien os ha llamado, os ha creado para esta vocación. Nada nuestro, pues: todo, y cada persona perteneciente a la Familia Paulina, es un acto de misericordia de Dios: él ha guiado para que aquella vocación llegara a la consagración, y después de consagrada a Dios llegara a la santificación. Así están las cosas: Dios lo es todo y nosotros estamos cargados de deudas con él. Agradezcámosle que él haya querido, que él haya actuado".(16)

En estas palabras parece percibirse el eco de un famoso paso de la Carta a los Romanos, citado por el P. Alberione en Donec formetur 14, a propósito de la Escuela de Nazaret: "Neque volentis, neque currentis, sed miserentis est Dei" (Rom 9,16), que puede traducirse con "la cosa no está en que uno quiera o se afane, sino en que Dios tenga misericordia". Y prosigue el P. Alberione: "Hemos de introducirnos en el reino de la Misericordia y ponernos bajo tal gobierno o dominio". Bien puede decirse que el P. Alberione, en todo el arco de su vida, se confió cada vez más a la misericordia de Dios (cfr AD 1), en estrecha conexión con la "gratuidad" de la vocación y misión carismática recibida. De ahí derivaba él ciertamente ese sentido de "gratuidad" que procuraba infundirnos en el ejercicio de nuestra misión: "[Ésta] es como un acto heroico del Instituto, y debéis cumplirlo también personalmente. Un acto heroico: tengo necesidad del pan, y se lo doy a los demás y, mientras ejerzo la caridad, estoy convencido de que Dios se ocupa de mí".(17)

Hablando aún de nuestro crecimiento, que tanto le interesaba, así como de la centralidad de la Palabra de Dios, en la que quería educarnos, y recordando ciertamente la "indigestión" de libros sufrida en su juventud y que le había costado cara, el P. Alberione no quería muchos libros entre nosotras, principalmente en la capilla: el único libro admitido, a través del cual nos hablaba "el Maestro", era la Biblia, con particular exhortación a nutrirnos del Evangelio y de las Cartas de San Pablo; algún otro libro "extra", pero bien compulsado, quedaba reservado para la lectura durante las comidas. A este propósito nos decía el Primer Maestro: "Vale más un acto de amor pleno, de pensamiento y de voluntad de corazón, con Jesús, que no diez mil suspiros. ¡Oh, nada de pensamientos vaporosos, tan oscilantes, sino verdadero amor a Jesús! Estas son las bodas que el Padre celebra para su Hijo: éste se une al alma, y el alma se une a él. ¡Son las bodas eternas!".(18)

Acerca de la relación educativa personal con el P. Alberione, recuerdo dos episodios indicativos de cómo él nos orientaba continuamente hacia "el Maestro". Una vez, después de la confesión —el primer Maestro, mientras pudo, fue también nuestro confesor y director espiritual—, me dijo: "Estaría bien que eligieras un principio grande al cual orientar toda tu vida. Lo elegirás al final de esta semana o al final del mes de mayo" (en efecto estábamos en mayo de 1964). Yo me pasé todo el mes pensando y repensando en ese bendito principio, que debía ser de naturaleza bíblica, y en una confesión sucesiva le comunico mi elección: "Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo" (Mt 6,20). Él me responde: "Está bien, pero piénsalo aún durante los Ejercicios". Al final de éstos, vuelvo a decirle la misma "sudada" frase; y él replica: "Creo que para ti sea mejor "ya no vivo yo, vive en mí Cristo" (Gál 2,20)". A parte que seguramente esta opción suya era mejor que la mía, no dejé de pensar: "Si ya la tenías en el caletre, santo varón, ¿no podías decírmelo antes?".

En otra ocasión, encontrándome yo en gran dificultad, le dije: "Primer Maestro, ¡ya no sé dónde dar con la cabeza!". Y él: "Date con ella en el Sagrario". "¡Eso —me dije—, y así, además de los jaleos, me rompo la crisma!". Pero la lección profunda la entendí. (regrese al sumario)

7. El ocaso del P. Alberione

Son particularmente densos de significado los últimos años del P. Alberione. Espero se me perdone, si lo que digo no está muy en relación directa con Jesús "el Maestro"; pero quiero dar este testimonio. Más aún, me atrevería a decir que todo lo que el P. Alberione quiso transmitirnos sobre Jesús Maestro es una enseñanza global —esto puede aplicarse a "todo" y a "toda" la Familia Paulina—, es decir no sólo de palabras sino también de "gestos-acontecimientos" profundamente significativos para nuestra vida. Ello en coherencia con su principio de siempre: "primero hacer y luego enseñar", justo a imitación del Maestro Divino, que coepit facere et docere [hizo y enseñó: He 1,1].

Siendo nosotras, las Apostolinas, la última Congregación fundada por él, es comprensible que, sintiendo escapársele la vida, tratara de hacer todo lo posible por nosotras. Mientras pudo, fue siempre a vernos. Cuando luego las fuerzas no se lo permitieron, íbamos nosotras donde él.

Recuerdo que una vez —estábamos en octubre de 1967—, me mandó llamar. Él había querido que hiciéramos esculpir para nuestra capilla una Reina de los Apóstoles en madera, y el trabajo estaba ya en curso por parte de un conocido escultor de Ortisei (Val Gardena). Me dice, pues: "Mira bien que el Niño esté vestido del todo, pues siempre lo he querido así. Fue el P. Timoteo quien dejó al Niño desnudos los hombros". Y luego, antes de despedirme, añadió: "Oye, tengo un gran peso en mi corazón —y realmente se llevó la mano al pecho—: morir sin haberos visto arregladas". Aludía a nuestra aprobación eclesiástica, a propósito de la cual había dicho en otra ocasión: "Si no veo vuestra aprobación antes de pasar a la eternidad, os "la haré" [obtener] del Señor en el Paraíso". Así ha sido realmente. Nuestra aprobación diocesana, tras la revisión de las Constituciones que él nos había dado en 1958, lleva la fecha del 26 de noviembre de 1993, aniversario de su nacimiento al cielo, día en que dimos la noticia a la Familia Paulina.

Ha quedado grabada en nuestro corazón la última visita del P. Alberione a nuestra casa de Castel Gandolfo, el 15 de diciembre de 1970. Quiso que fuéramos todas a la capilla, nos hizo subir al presbiterio, y luego, indicando el Sagrario, nos dijo: "Que el Señor esté siempre ahí, y que se encuentre a gusto. Que esté siempre con vosotras, y vosotras con él. Rezo mucho por vosotras, todas las mañanas, cada vez más". Después dio unas estampitas de la Reina de los Apóstoles a Madre Teresa Rossi, nuestra Superiora general, para que las repartiera a todas las Apostolinas; llevaban esta frase: "Avanzad en el espíritu de unión con Jesús; para ello sed muy silenciosas, recogidas, pues Jesús habla cuando encuentra silencio. Bendigo, Sac. S. Alberione".

Fue como el último saludo y la última consigna que quiso darnos personalmente, en perfecta coherencia con su primera intuición recibida del Maestro eucarístico en la famosa noche de finales de siglo (cfr AD 13-22). Desde aquella fecha en adelante fuimos nosotras a visitarlo, en particular Madre Teresa, a la que quería ver diariamente.

El P. Alberione empezó así a seguir silenciosamente a su amadísimo Maestro por el camino del Calvario, hasta la perfecta consumación con el Maestro Crucificado, en un total y confiado abandono a las manos del Padre y en una fortísima tensión escatológica. Sus últimas palabras, como se sabe, fueron: "Ave María, Paraíso". También en esto perfectamente coherente con cuanto había vivido: no había homilía o instrucción o coloquio personal que él no terminara con un pensamiento a la eternidad. Este hombre, que gastó toda su vida con los pies bien por tierra en el servicio, por amor a Dios, a todos los hombres para que a todos "les llegara la caridad suma, la de la verdad" (CISP 1091), es decir el Evangelio, vivió siempre con la mirada vuelta al cielo, justamente como San Pablo (cfr Flp 3,7-14.20-21).

De esas visitas que le hacíamos, tengo un recuerdo bien vivo: por lo general, él estaba sentado en el sofá que todavía puede verse en su habitación, colocado entonces en un ángulo del despacho, cerca de la ventana. Casi siempre bisbiseaba unas pocas palabras, apenas comprensibles, de bendición; pero repetía siempre un gesto: levantaba como podía el brazo con el rosario en la mano; era el modo de decirnos cómo pasaba sus jornadas a la espera del encuentro con Dios. Recuerdo también su cara, dulcificada, y sus ojos agrandados, casi como si viera allende este mundo.

Creo que este último tiempo de su vida haya sido el más fecundo para el P. Alberione y para toda la Familia Paulina.

Respecto a lo mucho que él hizo, se fatigó y sufrió por sus fundaciones, recuerdo una confidencia suya, no obstante su retraimiento y discreción: "Ser dóciles a la perfección de la obediencia... Hasta que no se llega ahí, y de cada una de vosotras se puede disponer así..., no seréis capaces de servir como quiere y donde quiere el Señor. Para llegar ahí, de 1916 se fue hasta 1926... para las primeras Hijas. Y para las Pías Discípulas la cosa resultó más larga aún. Sí, así fue para los demás Institutos. Se necesita dejarse guiar así".(19)

¡Cuántas veces el P. Alberione habrá hecho suyo el gemido de San Pablo en Gál 4,19: "Hijos míos [o hijas], otra vez me causáis dolores de parto, hasta que Cristo tome forma en vosotros!". De esta frase tomó nuestro Fundador el título de un libro importante para nuestra espiritualidad, en orden también a Jesús "el Maestro", Camino, Verdad y Vida;(20) pero antes de escribir el libro, seguramente habrá vivido ese gemido en la carne viva.

En cuanto a la "espina clavada en el corazón" (cfr AD 26), creo que el Señor se la haya dejado por toda la vida. De su significado apostólico nos habló indirectamente: "¿Por qué los sufrimientos de las Apostolinas? Para obtener la gracia de que los vocacionados tengan la fuerza de corresponder. ¡Cuántas infidelidades a la vocación, incorrespondencias, miedo al sacrificio! Os toca reparar esto, es vuestro cupo".(21) Ello vale también para la "Oración de ofrecimiento" por las vocaciones que el Primer Maestro nos compuso.(22)

Tres días antes de morir, no pudiendo ya hablar, el P. Alberione dejó junto a su teléfono el número del nuestro, escrito por él, con la anotación: "Las bendiciones 930356". Fue su saludo a las Apostolinas antes de encontrarse con el Señor Jesús. (regrese al sumario)

Concluyendo

"Tenéis suerte —nos decía un misionero amigo nuestro, al oírnos rezar el "Ofertorio vocacional"—, porque vuestro Fundador os hace orar cada día por vuestra "ignorancia y pobreza y la necesidad de acudir siempre, con humildad, al Sagrario para pedir luz, misericordia y gracia"". Y más recientemente, oyéndonos rezar el "Pacto de alianza", añadió: "¡Aquí el P. Alberione ha recargado la dosis!".

Sí, hemos de estar cada vez más convencidos y agradecidos por el don de la espiritualidad recibido del P. Alberione. Para lograrla, él estudió, se fatigó, trabajó a lo largo de un ininterrumpido empeño teórico y práctico, con el fin de explicitar lo mejor posible cuanto él había percibido carismáticamente. La suya ha sido una experiencia carismática de vida. Y nosotros la hemos recibido, también en lo concerniente a Jesús "el Maestro".

Y tuvo la humildad de decir a sus hijos e hijas que continuaran estudiando y profundizando lo que él había intentado transmitir.(23)

Una última y rápida alusión en lo tocante a los jóvenes. Yo diría que ellos perciben con espontaneidad —al menos así lo notamos nosotras— la espiritualidad paulina, y en la oración unen enseguida Palabra y Eucaristía, justo como le sucedió al P. Alberione y está documentado desde 1924.(24) Y como más tarde diría el concilio Vaticano II en la Dei Verbum 21: las "dos mesas", de la Palabra y del Pan.

Ante Jesús "el Maestro", Camino, Verdad y Vida, vuelven a la mente las palabras del P. Alberione cargadas de significado: "Porque no tengo oro ni plata, pero os doy de lo que tengo: Jesucristo Camino, Verdad y Vida" (CISP 63). Para todos nosotros estas palabras son una herencia santa que nos compromete a ser responsables en la totalidad de nuestro ser: personas, comunidades, Congregaciones.

Por eso, parafraseando otras expresiones de San Pablo, podemos apropiarnos estos avisos: "No apaguéis el Espíritu" (1Tes 5,19) y "Reavivad el don de Dios recibido" (1Tim 1,6). (regrese al sumario)

Regrese al Sumario

 

 Jesús Maestro ayer, hoy y siempre   Excursus histórico-carismático

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